domingo, 13 de abril de 2014

EL ORINOCO EN EL DESARROLLO DE GUAYANA




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            Es evidente el rol que juega el Orinoco en el desarrollo de Guayana. El río, con un eje de navegación que lo conecta con importantes extensiones del territorio nacional, especialmente con la cuasi virgen inmensidad del sur, hizo y hace posible, desde el momento de la conquista, el poblamiento y desarrollo de lugares que delinean, en la totalidad regional, una realidad industrial y socio-económica activamente promisoria.


            El Orinoco comienza a adquirir importancia relevante como factor de desarrollo con los proyectos de la Comisión de Límites de mediados del siglo dieciocho. La “Comisión de Límites” porque tenía como misión primordial resolver el problema pendiente entre las Cortes de Lisboa y España, por la confusión de fronteras entre sus posesiones coloniales limítrofes, es decir, entre Brasil y la Provincia de Guayana.      
            Esta Comisión, comandada por cuatro Comisarios (Capitán de Navío José de Iturriaga, Coronel Eugenio de Alvarado, Capitán de Navío Antonio de Urrutia y el Capitán de Fragata José Solano) remonta el Orinoco en abril de 1755, pero jamás se encuentra con su homóloga portuguesa para resolver lo conducente al trazado fronterizo; de manera que asume sobre la marcha otro compromiso más determinante en el destino de la provincia como es el de plantear una estructura socio-económica y política que le permita avanzar y competir con otras entidades territoriales del reino, social y políticamente importantes, pero menos favorecidas de recursos por la naturaleza.
            Esa estructura la materializa el Reino de España colocando acertadamente al frente de la Capitanía General de Venezuela a uno de los cuatro comisarios de la Expedición, es decir, a Don José Solano y Bote (1763), y disponiendo el traslado de la capital Santo Tomás de la Guayana a la parte más arriba y angosta del Orinoco, así como división de la Provincia en dos comandancias: la de Guayana con asiento en Angostura, a cargo del ex-gobernador de Margarita Joaquín Moreno de Mendoza, y la del Orinoco, que incluía las nuevas poblaciones fundadas por la expedición (San Fernando de Atabapo, San Carlos de Río Negro, La Esmeralda) a cargo de José de Iturriaga, quien tuvo base de operaciones en Real Corona (Moitaco) y Ciudad Real (Altagracia o Las Bonitas), fundadas por él.
            Con la doble comandancia se buscaba una forma militar y un nuevo dispositivo de defensa contra la ofensiva de los Caribes y los ataques de piratas y corsarios de países enemigos de España. Lo cual dio excelentes resultados y aseguró  la navegación y utilización del Orinoco como vía de expansión, consolidación de los poblamientos y llave de las comunicaciones entre Guayana y las provincias de Cumaná, Casanare, Nueva Granada y el litoral Atlántico.
            La renuncia de Moreno de Mendoza, comandante militar y civil de Angostura, por diferencias con José de Iturriaga, comandante del Orinoco, más el fallecimiento de éste el mismo año de 1766, favorecieron la idea de unir o convertir las comandancias en una sola Gobernación, bajo la titularidad de Manuel Centurión Guerrero de Torres.
            Apartir de la gestión de Centurión, Guayana cobra unidad político-territorial y su capital Angostura adquiere gran impulso urbano. La gestión de Centurión hace posible la fundación y construcción de 40 pueblos, estimula la producción agrícola y pecuaria a través de la Misiones, fortifica los puntos vitales de la provincia, inmigración, permite el mestizaje, contrarresta la penetración holandesa y portuguesa y refuerza la defensa del Orinoco como ruta comercial de los Llanos al Atlántico, así como de las provincias de Mérida, Maracaibo y del Virreinato de Santa Fé de Bogotá.
            Durante el lapso gubernamental (1784-1790) de Miguel Marmión se envían a Madrid para su estudio las primeras muestras de madera de los densos bosques de Guayana y comienza a verse el resultado de la administración Centurión. Las misiones del Caroní sacan de Upata unas 600 pacas de tabaco anual y un censo pecuario sitúa la ganadería en 220 mil cabezas para 1790, año éste en que el Papa Pio VI decreta la creación de la Diócesis de Guayana con jurisdicción sobre todas las provincias de Oriente y se inicia el comercio libre con España.
            La creación de la Diócesis fortalece la penetración religiosa en el Orinoco cumplida fecundamente por franciscanos, jesuitas y capuchinos, quienes recorren repetidas veces las distintas rutas de las cuencas del Orinoco, Cuyuní y Río Negro, evangelizando a los pobladores autóctonos, edificando iglesias, hospicios, escuelas, levantando mapas y registrando en minuciosas crónicas la historia de los pueblos de la provincia.
            Y detrás de los conquistadores, misioneros, pobladores y buscadores de El Dorado vienen los exploradores y estudiosos de la naturaleza virgen. Viene Pedro Loefling en la Comisión de Limites, a la orden del comisario coronel Eugenio Alvarado, a realizar estudios de la vegetación de Guayana. Loefling, primer botánico en llegar a las tierras del Orinoco, introduce el microscopio y explora la existencia de siembras naturales de especies, principalmente de canela y de plantas medicinales como la quina, pero la fiebre trunca su labor al morir a la edad de 27 años en la Misión del Caroní.
            Le siguen, 45 años después, el naturalista alemán Alejandro de Humboldt acompañado del médico y botánico francés, Aimé Bonplad. Ambos penetran el Orinoco por la vía de San Fernando de Apure, el 5 de abril de 1800. Visitan todos los pueblos y misiones a la vera del río llegando hasta San Carlos de Río Negro. Humboldt estudia los grandes afluentes del Orinoco, así como las características singulares del Caño Casiquiare. En este recorrido observa la fauna, la flora, la hidrografía, los hábitos indígenas, la elaboración del curare y la antropología cultural de las tribus orinoquenses.
            Después de Humboldt y Bonpland, vinieron otros naturalistas como Alfred Russel Wallace, uno de los más notables de su época. Estuvo en 1851, y dos años más tarde su homólogo y coterráneo británico Richard Spruce, precursores de los estudio botánicos en la Amazonía venezolana. Wallace realizó interesantes hallazgos en el campo de la zoogeografía y la biología evolutiva.
            Luego de ellos aparecen Henry A. Wickham, aventurado en la selva tropical en busca de riquezas naturales renovables como el caucho; Jules Crevaux, médico francés atraído por las etnias y la atormentada geografía de la selva; Enrique Stanko Vráz, naturalista búlgaro-checo, quien obtuvo una interesante colección de muestras de biología tropical orinoquense y Jean Chaffanjon, autor del libro “El Orinoco y el Caura”, y quien pretendió haber descubierto las cabeceras del Orinoco. Este libro le sirvió de base a Julio Verne para escribir su fantástica novela “El Soberbio Orinoco”.
            Además de estos científicos de la selva tropical orinoquense del siglo XIX, no faltaron exploradores como el patriota Pedro Monasterios, quien en 1850 despertó inusitado interés por la exploración del oro del Yuruari; Eugéne André, quien expedicionó hasta el Caura; Francisco Michelena y Rojas, remontó en 1858 el Orinoco, el Atabapo y el Guainía-Río Negro, quien luego descendió hasta el Amazonas; la Expedición franco-venezolana al mando del Mayor Frank Rísquez Iribarren, descubrió las fuentes del Orinoco en 1951;  el ingeniero Jesús Muñoz Tébar, primer Ministro de Obras Públicas y quien fue senador por Bolívar en 1891, exploró el Orinoco y propuso la canalización de los raudales de Atures y Maipures con el objeto de hacer continua la navegación a vapor por el Orinoco, para lo cual había que volar las rocas que forman los raudales; Santiago Aguerrevere, fundador de Puerto Ayacucho y constructor de la carretera a Samariapo; Leonard Dalton y más tarde su paisano inglés John Bawman, navegan el Orinoco, penetran el Caroní y dan cuenta de su ingente potencial hidroeléctrico. Bawman llega a proponerle un contrato al dictador Juan Vicente Gómez, para aprovechar la fuerza hidroeléctrica de los Saltos del Caroní.
            La exploración de Francisco Michelena y Rojas, comisionado por el Gobierno Nacional, precisa las riquezas potenciales de Guayana. Asimismo,  da a conocer, cómo el río Caroní, el más importante afluente del Orinoco, “divide perfectamente esta parte de Guayana en dos territorios geológicamente distintos: la parte oriental, aurífera; y, la occidental, ferruginosa y notablemente volcánica, en donde encontré, a una cuarta legua del camino que conduce de Araciana, masas enormes de hierro, ya en estado puro, ya vulcanizadas en forma de lava”.
            Las expediciones de estos exploradores y científicos ponen al descubierto numerosos subproductos de la Floresta Sur del Orinoco: caucho, balatá, sarrapia, dividive, bálsamo de copaiba, corteza de quina, chiquichique, pendare; y, por otra parte, oro, hierro y el potencial hidroeléctrico del Caroní, cuya explotación y aprovechamiento económico e industrial determinarán el desarrollo sostenido de Guayana.
            Pero el desarrollo de Guayana propiamente dicho, sobre la base de la estructura colonial, no despega y toma cuerpo sino después de la revolución contra el colonialismo hispano en la que estas provincias y el Orinoco jugaron papel notable en 1817 en manos de los patriotas. Aquí se institucionalizaron con proyección de permanencia, los Poderes Supremos de la República y se obtuvieron los recursos para liberar a la Nueva Granada y el resto de Venezuela. Las Misiones del Caroní, ricas en ganadería para exportar a Las Antillas y cambiar por pertrechos, fueron aprovechadas como el gran granero de la naciente república y, obviamente, el Orinoco, fue la llave de las comunicaciones para emancipar a estos pueblos, donde se peleaba, como bien decía el Correo del Orinoco, periódico de los patriotas, en el editorial de su primer número, “contra el monopolio y contra el despotismo por la libertad del comercio universal y por los derechos del mundo”.
            Sólo los científicos naturalistas Loefling, Humboldt y Bonpland, habían explorado Guayana. Los demás vinieron después de la emancipación a abrir el camino para tratar de convertir el mito de El Dorado en una realidad pujante.
            Después que el barquisimetano Pedro Monasterios descubrió una opulenta mina de oro en el Yuruari, cerca del pueblo de Tupuquén, no ha cesado la explotación del oro en Guayana. El dorado metal, tan ansiado y nunca logrado por los conquistadores, ha sido desde entonces una realidad atrayente para los inversionistas foráneos y para nutrir de nueva sangre el mestizaje.
            Numerosas empresas auríferas locales, nacionales y extranjeras han pasado y dejado su huella de prosperidad o fracaso en la región aurífera del Yuruari, connotada con el nombre de distrito aurífero de El Callao; pero ha sido, desde 1981, la empresa estatal CVG-Minerven, la que ha tecnificado la explotación, hasta el punto de situarse en una producción de 1.300 kilogramos mensual.
            Más hacia el sur, entre Tumeremo y la Gran Sabana, específicamente en la mina de Las Cristinas, la Placer Dome ejecuta ahora el proyecto aurífero más ambicioso de Latinoamérica, al cual le estima una producción de 7.4 millones de onzas de oro durante la vida útil de la mina, con una inversión de más de 500 millones de dólares y mil empleos estables.
            Y la búsqueda de oro más al sur, conllevó  al descubrimiento de criadores de piedras preciosas. Los primeros diamantes hallados en Guayana datan de 1913, y a partir de entonces no ha parado la actividad extractiva. La más alta producción se ubicó en 1975, con 1.055.331 quilates métricos. Ambos renglones –oro y diamante- han dado lugar al surgimiento de nuevos pueblos como El Callao, Las Claritas, Urimán, Santa Elena, Guaniamo, San Salvador de Paúl; y han fortalecido o otros adyacentes de origen colonial como Guasipati, Tumeremo y Caicara; pero el centro financiero de toda esa producción, así como el proveedor de equipos e insumos, ha sido siempre Ciudad Bolívar, la capital del Estado.
            La explotación de las riquezas naturales renovables como el caucho, de las cuales dio cuenta al mundo Henry A. Wickham y otros exploradores, vinieron a sumarse a la explotación aurífera, imprimiéndole un impulso socio-económico notable a la provincia, subrayado por un movimiento portuario muy activo.
            Ciudad Bolívar, a través de su puerto fluvial, se transformó en el centro receptor y exportador de todo cuanto se producía en el arco sur orinoquense:  oro, balatá, caucho, sarrapia, madera, bálsamo de copaiba, corteza de quina, chiquichique, pendare, dividive, cueros, plumas de garza y ganado en pie. Importador y exportador, era uno de los comercios más activos de Venezuela, con agentes en El Havre, París, Bordeaux, Londres, Manchester, Brirminghan, Plymouth, Southampton, Ámsterdam y Port of Spain, Caracas y La Guaira. 
            Líneas de vapores: Orinoco Shipping & Trading Company, Compañía de Vapres La Estrella Roja, Compañía de Vapores del Orinoco, Orinoco Steamship Company, Compañía de Navegación Fluvial y Costanera de Venezuela y Compañía Venezolana de Navegación, cubrían desde Angostura o Ciudad Bolívar, una ruta fluvial y marítima que además comprendió internamente hasta Apure, Meta, Portuguesa, Guaviare, Barinas y otros puertos intermedios.
            Pero un día fueron detectadas las montañas de hierro de La Paria (Cerro Bolívar) y San Isidro, del lado en que las ubicó Michelena y Rojas, y la navegación por el Orinoco se redujo al tramo de la desembocadura, desde Boca Grande hasta Matanzas, en un recorrido de apenas 341 Kilómetros, de 1.600 que antes eran comercialmente navegados. El resto del río quedó virtualmente ocioso y, debido a ese cambio, muchos pueblos languidecen. Ciudad Bolívar perdió la otrora superactiva aduana, y la Capitanía de Puerto mermó su categoría, dejando de ser la ciudad mercantilista y cosmopolita de otros tiempos, a la que Juan Vicente González comparó con la antigua y floreciente Fenicia.     
            Ahora, la ciudad cosmopolita y mercantilista, digamos mejor, industrial, es Ciudad Guayana. Ciudad Bolívar, la capital política, asiento de los Poderes Públicos regionales, busca un nuevo rol, el de ciudad histórica, residencial, cultural, universitaria y turística.
            Ciudad Guayana, planificada en la confluencia del Orinoco con el Caroní como una urbe moderna, con la tasa de crecimiento más alta de Venezuela, destaca como asiento de las empresas básicas del estado, vale decir, la industria extractiva del hierro, la industria siderúrgica, la industria integral de aluminio, la industria hidroeléctrica, a las que hay que sumar todo un conjunto de empresas dependientes de su materia prima bruta o pre-manufacturada.
            La industria pesada, al igual que la explotación del oro y el diamante, ha dado lugar al surgimiento de otros pueblos como Puerto Ordaz, sobre el cual se planificó Ciudad Guayana; Ciudad Piar, nacida al calor de la explotación del hierro del Cerro Bolívar; y los Pijiguaos, donde se explota la bauxita que es transportada en gabarras hasta Ciudad Guayana, en travesía de 351 millas, para lo cual, como lo propuso en ingeniero Jesús Muñoz Tébar en 1886, hubo que volar las rocas que forman los raudales.
            La Corporación Venezolana de Guayana, creada por decreto del Presidente Rómulo Betancourt el 29 de diciembre de 1960, es el organismo rector del desarrollo integral de Guayana, la cual abarca a los Estado Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro, en una extensión territorial de 457.095 kms2, equivalentes al 49.8 por ciento de la superficie de Venezuela.
            La vida y desarrollo de esos tres estados que conforman, la Región Guayana, históricamente han dependido del Orinoco, no sólo como fluida arteria comunicacional que permite el acceso a los mercados nacionales e internacionales, sino como fuente alimenticia en razón de su gran masa ictiofáunica, extensas márgenes feraces para el desarrollo de la agricultura y, por su gran volumen de agua y exuberante paisaje, espacio para el desarrollo del deporte náutico y de una actividad turística muy particular.  

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