jueves, 24 de abril de 2014

EL ARRENDAJO DEL MAESTRO JESÚS SOTO




         Un arrendajo de los llanos que le regalaron al pintor Jesús Soto lo lloraban  por perdido, pero la alegría volvió al rostro de la familia cuando un hermano del artista lo regresó después que había volado hasta El Callao, a más de 200 kilómetros de Ciudad Bolívar.
         En El Callao vivía y trabajaba para  Minerven el técnico  geólogo Alfredo Soto, hermano del pintor. El pájaro negro con pintas azules y mermellón, intuyó el rastro de su antiguo amigo y allá fue a tener para almorzar tajada, arroz, carne mechada y caraotas negras.  El clásico pabellón- que tanto le gustaba.
         Era un ave increíble, remedaba ciertas expresiones, se llevaba bien con los niños y se engrinchaba de rabia cuando se le acercaban persona que no eran de su agrado.
         Con las mujeres generalmente resultaba amable. También con Soto, su dueño, cuando venía y se lo llevaba al pecho para acariciarlo, con todos los de la familia y especialmente con los niños Alfredo y Marisela, sobrinos del pintor, y quienes le prodigaban cuidados desde que la madre del artista murió hacía cuatro años.
         Lo cierto es que cuando doña Emma murió, le abrieron la jaula al arrendajo para que se fuera, pero el pájaro se quedó rondando la casa, aprendiendo de nuevo a volar por la arboleda del patio, cantando como siempre al despuntar la mañana y chillando a la hora de la comida.
         Hasta el fallecimiento de doña Enma se mantuvo enjaulado y desde entonces, libre como el viento, sólo que nada parecía querer con los otros pájaros. Volaba de rama en rama por los árboles de las casas vecinas y luego se regresaba, inmancablemente a la hora en que la familia Soto se sentaba a la mesa o a las seis cuando el sol comenzaba a ocultarse tras del Puente Angostura sobre el Orinoco.
         Pero, sorpresivamente, hubo un día en que el arrendajo no amaneció bajo su alero habitual.  Nadie sabía el paradero de “Bandido” como lo llaman en casa, comenzó toda la familia a llorarlo por perdido hasta que el técnico geólogo dio cuenta de él. Nadie sabe cómo pudo volar tantos kilómetros para llegar a la vivienda de Alfredo Soto en las minas auríferas de El Callao. Muchas personas en la ciudad lo dudaban y las que no, tejían sus conjeturas. Lo cierto es que el arrendajo tan apegado a la familia del pintor a veces se salía  con la suya. Los vecinos se deleitaban comentando las travesuras del pájaro como si fuera las de un niño.
         Cuando vagabundeaba hasta muy tarde fuera de la casa y se le dificultaba el regreso, chillaba hasta más no poder para que oyera el vecindario y diera aviso a su casa. Entonces  el sobrino de Soto se apresuraba a su encuentro. Cuando el árbol era alto y no podía treparlo, utiliza una escalera siempre a la mano para esa tarea.
         Soto cuando escribía desde Parí, desde España o los Pirineos, siempre tenía  un saludo especial y muy tierno para su viejo arrendajo. Era el único sobreviviente de varios que hacía años, por los días de la Semana Santa, lo trajo su otro hermano “El Negro” desde los llanos de El Tigre.
         Era el consentido de la casa y un vez el perro “Tomy” un poco celoso, lo sacó de la jaula y pensaba engullírselo cuando el arrendajo dio unos chillidos tan fuertes que despertó a todo el vecindario. Entonces quien iba a morir era el perro que de la tunda que llevó pasó casi una semana fuera de casa.
         Alfredo Sadel cuando estuvo en Ciudad Bolívar acompañando a Soto en la inauguración del museo, se entusiasmó con el pájaro y le ofreció a doña Emma cinco mil bolívares, pero “Bandido” no estaba en venta. Sadel ignoraba que el pájaro fuera de Soto.
         Irma Soto, la maestra hermana del pintor, se quejó en cierta ocasión que si “Bandido” la cogía de nuevo por irse para El Callao, se vería obligada a enjaularlo o decirle a Soto cuando vuelva que se lo lleve para Los Pirineos.

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