jueves, 8 de mayo de 2014

EL CRUCIFIJO DE PIAR

Crucijo ante el cual oró Piar antes de ser ejecutado



El Crucifijo de Piar fue restaurado por Freddy Torres Bello.  Se le dice “de Piar” porque estuvo en las manos del  héroe de la Batalla de San Felix o  Chirica.  Se lo  había entregado su confesor, el padre Remigio Pérez  Hurtado, minutos antes de ser ejecutado.  Pero, en realidad, el Crucifijo pertenecía a la Catedral y se utilizaba en determinados ritos sagrados de la iglesia.
Piar le dio connotación y trascendencia con sólo tenerlo un momento en sus manos.  El momento de su muerte.  Hasta entonces, aparte de la imagen de Jesús que siempre la tiene y está  en todas partes, al Crucifijo muy pocos lo admiraban por su data y valor material y artístico intrínseco que lo tiene y muy alto, pues el crucifijo es de plata, data de mediados del siglo  dieciocho y salió  de las manos artísticas de un oficial margariteño que prestaba servicio en los coloniales castillos de Guayana La Vieja.
Entonces, los capuchinos explotaban una mina de plata en la zona de Capapui y de la misma muestra de plata que enviaron a España ha podido quedar una parte que los misioneros pusieron en  manos de este oficial identificado en la peana del propio crucifijo como Juan González Navarro.
González Navarro, quien era hijo del Gobernador de la isla oriental, aparece en la lista de los exploradores del Alto Orinoco que infructuosamente buscaron el misterioso país de los Omaguas, donde algunos colonizadores hispanos, entre ellos, el gobernador Agustín Arredondo, situaban a El Dorado.
         El Crucifijo, no obstante,  estuvo un tiempo como relegado en algún sitio de la Catedral hasta que un día, comienzos de siglo escudriñando sus rincones, el historiador Bartolomé Tavera Acosta, lo identificó y llamó la atención del obispo Antonio María Durán, quien de inmediato se interesó por la joya y la hizo colocar en su oratorio del Palacio Episcopal.
         Posteriormente en 1942, Monseñor Miguel Antonio Mejía lo confió al doctor José Gabriel Machado para que lo conservara y exhibiera en el Museo Talavera,  donde permaneció hasta que fue rescatado por el Gobernador Pedro Battistini Castro y guardado en una caja de seguridad.  El Gobernador Andrés Velázquez dispuso que se exhibiera en la Casa Piar, donde  permaneció hasta que nuevamente volvió a la caja de seguridad de la Gobernación por temor a que fuese hurtado por la delincuencia desata de nuestros días que no perdonó ni la Custodia de la Catedral ni la Venus de Tacarigua del Museo de Ciudad Bolívar.
         El Crucifijo tiene 26 centímetros de alto por 15 de ancho de un extremo a otro de los brazos y sobre la superficie de la base la siguiente inscripción: “De la Yglesia  del Ssmo. y Sto. Thme de la Guayana.  Se acavo de aser el dya 5 de Febo. del año de 1723”.
         De suerte que el Crucifijo, con casi tres siglos, se le entregó a una entidad denominada “Funda-patrimonio” para una limpieza mecánica que le devolvió su brillo anterior;  pero, no sabemos por qué  no le fue corregido cierto defecto a la vista, producto de una caída posiblemente.
         El Crucifijo se partió  cerca de la base, nadie sabe  cuándo, y para unirlo se utilizó una soldadura muy tosca e inadecuada que incluso lo dejó con una inclinación sobre la base.  Antes no se sabía  si el Crucifijo era realmente de plata pura, luego se comprobó lo contrario.  Cuando fue exhibido por algún tiempo en la propia celda de Piar, el visitante podía observarlo montado en un pedestal de hierro que terminaba en  un cubo de vidrio.  Posteriormente fue reubicado sobre pedestal de caoba dentro de un nicho construido expresamente en el ángulo izquierdo del muro de fondo de la celda, con puerta de madera, cerradura y cristal de seguridad e iluminado por un reflector halógeno. Lo cierto es que el Crucifijo de Piar ahora no está en la celda donde los guayaneses consideran que debe permanecer, incluso sin las obras de artistas plásticos que interrumpen la majestad de su  silencio trágico y de muerte.



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