domingo, 11 de mayo de 2014

EL ANTIGUO MERCADO MUNICIPAL DE LA CIUDAD


La ciudad, desde la Colonia hasta los tiempos de Sánchez Lanz, vale decir, de Pérez Jiménez, contó con un pintoresco y típico mercado prácticamente a la orilla del río, justo en el punto donde Moreno de Mendoza  hizo construir el Fuerte San Gabriel

La primera referencia histórica que se tiene del Mercado Público de Ciudad Bolívar, aparece en “Anales de Guayana” de Bartolomé Tavera Acosta (Pág. 398). Dice que en 1823, Juan Bautista Dalla-Costa (comerciante veronés radicado en Angostura en 1814), siendo miembro de la Municipalidad se destacó como un notable administrador al que siguió más tarde su hijo homólogo Juan Bautista Dalla Costa Soublette.
 “En las veces que fue miembro de aquella Corporación, mientras que algunos de sus colegas se ocupan en asuntos baladíes, como los relacionados con la señas o monedas partidas en cuatro, funciones religiosas o discutir cuál puesto de preferencia vanidosa y mundana correspondía a los munícipes  en la Iglesia, el viejo Dalla Costa atendía preferentemente el empedrado de las calles, el aseo y ornato de la población, a la arquitectura civil,  al censo de la ciudad, a la fundación de escuelas, al alumbrado público, a dar franquicias al comercio, a fundar un Mercado Público, el mismo que es propiedad hoy del Municipio” (Esto lo escribió Tavera en 1913).
 Este Mercado Público es el mismo al cual se refiere en 1859 en su “Exploración Oficial” (Pág. 210), Francisco Michelena y Rojas: cuando escribe sobre la Alameda (actual Paseo Orinoco) donde los comerciantes hacían sus transacciones bajo las copas de los robustos árboles. Escribe de que hay “en ella un lugar muy interesante en todo país civilizado, el de abasto para la ciudad. Este edificio, el  cuarto de su género en toda la República, armoniza bien con el grado de civilización y progreso de esta ciudad. Entre la Alameda y el río, sobre un terreno rocalloso que se avanza a aquel en forma de cabo, y por supuesto, abordable por todas partes por las embarcaciones menores cargadas de provisiones, se encuentra situado el mercado formando un semicírculo, cuya base frente al Paseo esta adornada con una gran baranda o verja de hierro. A este mercado, pues, llegan víveres de toda naturaleza y en abundancia, no sólo de Cumaná y Barcelona, que están a la otra banda del río, sino del Meta viniendo de Casanare, del apure y de aun de provincias muy distantes. Tal es la admirable hidrografía de Venezuela, por la cual aquella ciudad esta en contacto con casi todas sus provincias”.
Este Mercado Municipal estuvo funcionando hasta 1956 que el Gobernador doctor Eudoro Sánchez Lanz (1953-1958) resolvió demolerlo para sustituirlo por el Mercado Periférico No. 1, construido en el Paseo Moreno de Mendoza, zona del antiguo Banco Obrero, y el Mercado Periférico No. 2 construido más tarde, y el cual funcionaba los fines de semana como Mercado Libre en la Avenida 5 de julio.
Hasta la fecha de su demolición, se podía apreciar el frente del antiguo Mercado Principal contra la calle que bordeaba el Orinoco terminando esta calle  en el Puerto de Blohm donde había un  dispositivo tipo orquilla, para retomar la vía (Paseo Orinoco) paralela a los frontales de las edificaciones porticadas de estilo antillano.. En la curvatura de la orquilla estaba situada la Bomba de Gasolina Kosaco.  Por el lado oeste del Mercado estaba la calle de servicio  que circunvalaba al Mercado teniendo por el norte las instalaciones del acueducto y embarcadero o lugar donde atracaban curiaras y falcas cargadas con los productos de las islas del Orinoco.  En su continuación girando hacia el Sur colindaba con las instalaciones del Comedor Manuel Piar el cual era continuo hacia el Este por las Oficinas del Resguardo Marítimo-Fluvial. Frente al popular comedor había un frondoso Samán de acogedora sombra.  Y más al Sur la plazoleta donde funcionaba una línea de taxi que administraba el popular Paco.
En esos mismos predios estuvo la Plaza Monseñor Talavera y en el centro en columna bastante elevada, el busto del prócer Tomás de Heres, reubicado en los años cuarenta frente a la Casa San Isidro y finalmente frente al Fuerte Cayaurima.-
Los expendedores mayoristas de víveres de este antiguo Mercado eran: Alberto Franco, ayudado por su primo Narciso Franco, siempre jovial, bonachón y  José Padrón en local contiguo, siempre diligente y servicial.  Por los portales del Oeste: los detallistas de víveres: Jesús María Delgado, Luís Besón.  Los verduleros ubicados en el área central expendían los frutos campesinos: Pedro Atay con su portal repleto de racimos de cambures colgantes; la Señora JuanitaLa Margariteña”.   En el lado derecho de la parte central, a pocos metros de la entrada estaba situada la famosa Refresquería de don Tomas Rivilla con sus recipientes de vidrio o botellones con varias bebidas refrescantes como guanábana, jugo de naranja, carato de maíz, carato de moriche, carato de mango, chicha y a su lado sin rivalizar con él, la refresquería de Cabo de Alambre.  En la profundidad del gran salón del mercado pegando contra la pared norte estaban situados los portales de carnicería cuyos expendedores eran José Manuel Hernández, José Espalia.
En ese mercado  convergía la ciudad alimentaria, la que iba de compra armada costal y cesto, la que procuraba el fruto fresco recién llegado en falcas y curiaras, la que iba a saborear los manjares de la mesa criolla y a enterarse de lo humano y lo divino, de lo intrascendente hasta lo descomunal.
         Era un mercado profuso, heterogéneo y bullicioso, pero más aún por los días decembrinos después que la parranda de Pura Vargas soltaba el último y más profano de los aguinaldos.  Entonces, era la romería desde las gradas de la Catedral y la Plaza Bolívar bajando por la Constitución y la Igualdad al encuentro del café con leche, de la empanada caliente, del carato de moriche o la chicha acanelada del negro de las Lamus.
        
        



Ancla 1.

“El Trapecio”
Al mediodía el mercado no era tan congestionado, pero había un despacho donde la gente azarosa se apiñaba.  Se llamaba “El Trapecio”.  Trapecio el sitio y Trapecio la especialidad: un soberbio sancocho de pescado de lo más creativo y singular.  Un hervido donde se juntaba toda la sustancia proteica y cerebral de la ictiofauna orinoquense.
         Julio Barazarte que así dicen que se llamaba aquel dicen que se llamaba aquel tramaturgo de la cocina trapecista, compraba cabezas de la ventana de pescado del día, generalmente de morocoto, cachama, sapoara, curbinata y blanco pobre.  Las metía en un saco y luego de toletearlas con una macana india apropiada, las sumergía sin sacarlas del costal en un palangana de agua hirviente.  Allí sujetaba el saco hasta  el adecuado punto de cocción y finalmente utilizaba aquella suerte de consomé para preparar el tradicional sancocho de pescado con mucha verdura, ají y presas.  De esta manera se lograba el colosal trapecio donde la gente sin temores ni red de protección tomaba vuelo.
         El plato rebosado costaba apenas medio real y con derecho a repetir.  Por supuesto, no había cliente que no repitiera, especialmente recién casados, caleteros y toda la marinería fondeada  desde Los Palos de Agua hasta Trinidad y la cual se hacía sentir tumultosa por las noches en la llamada Ciudad Perdida.
         En agosto del 43, el Orinoco volvió por sus fueros en un desbordamiento similar al del 92 cuando dicen los abuelos que tapó por primera vez la Piedra del Medio.
         Ese desbordamiento del 43 acabó con la ciudad perdida y el gobernador Sánchez Lanz, mas tarde reubicó el mercado y desapareció El Trapecio.  No hubo añoranza porque la gente descubrió que el secreto de aquel almuerzo espectacular estaba en la cabeza de la sapoara.  Desde entonces es el popularísimo merengue:  La Sapoara, del músico y compositor margariteño Francisco Carreño:  Llegando a Ciudad Bolívar/me dijo una guayanesa / que si comía sapoara / no comiera la cabeza / Me lo aconsejó mamita / me recordó Teresa / he comido / la bicha con to y cabeza / siempre que reciba el beso / de una linda guayanesa.


        


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