sábado, 17 de diciembre de 2016

La Mujer y sus accesorios


Trabajo de Américo Fernández para la edición aniversaria del                      vespertino La Tarde, dirigido por Chemelito

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La indumentaria o vesti­do de la mujer suele combi­nar con una serie de accesorios, muchos de los cuales han desaparecido mientras otros más novedosos han surgido en la diná­mica constante de la moda.
Tres de estos accesorios importantes que aún persisten en unos lugares más que en otros, son el bolso de mano o cartera, la sombri­lla y el abanico.
De todas maneras el uso de estos tres últimos admi­nículos se ha venido debili­tando en el tiempo, espe­cialmente el abanico por­que a pesar de los arrebatos; el bolso persiste y es una necesidad al igual que la sombrilla para proteger­ del sol y su derivado el paraguas para la estación lluviosa,
El llamado bolso de ma­no es casi siempre inseparable de la mujer y los hay de las formas y modelos más variados y de calidades a veces tan altas que resul­tan inalcanzables para el común de las mujeres.
Pero el bolso es más que un lujo una necesidad que exonera a la mujer del engorro que sufre el hom­bre repartiéndose en , los bolsillos del pantalón, de la camisa y del paltó o la chaqueta, el llavero, la billetera, la cédula, el car­net de empleado, las tarje­tas de presentación, la ciga rrera. En cambio que con el bolso de mano, la dama tiene un depósito común para todos esos objetos incluyendo los propios del neceser como el compacto, el delineador, el lápiz labial y el de cejas, el rubor o colorete, la sombra para los ojos, la colonia, cepillo, esmalte, el espejo, el pañuelo, los preservativos y los tampones para cualquier emergencia que, por su­puesto, nada tenga que ver con el verano o el invierno porque para eso existe la sombrilla y su descendien­te el paraguas.
Porque primero que el paraguas o umbrella, como lo llaman los ingleses, fue la sombrilla, privilegio de las damas que tienen su origen en encumbradas ci­vilizaciones antiguas, entre ellas, la egipcia y babilóni­ca, pero de gran uso siem­pre en los cálidos países del Oriente.
En la India se le conside­ró por mucho tiempo un símbolo real y se honraba a los nobles con el título de "Señor de la sombrilla".
Su desplazamiento a Occidente fue inminente, pero con el tiempo ha venido cayendo en desuso, despla­zado, en todo caso, por el paraguas, más usado en tiempos lluviosos.
Italia y Francia fueron los países introductores del paraguas, aunque antes de lograrse su aceptación general, sirvió para burlar a quienes lo utilizaban y mu­cho más cuando alguien en París quiso convertirlo en pararrayos portátil.
Hoy el paraguas no es el mismo pesado y fúnebre de' antes. El de la época con­temporánea es más liviano y ornamentado con vistosas telas. Es una mezcla de paraguas y sombrilla y, por lo tanto, sirve para guardarse de los rayos solares y de la lluvia.
Las sombrillas de hace dos mil años estaban con­feccionadas de forma tal que cumplían la función dual de protegerse del sol y convertirse en abanico pa­ra agitar el aire cuando el calor era insoportable. Después no fue necesario diseñarlas para esa noble fun­ción porque se inventó el clásico abanico, del cual se conocen valiosas colecciones en el mundo.
El abanico es así como un ventilador portátil, pero muy gracioso, artístico y femenino, tanto que fue utilizado en las cortes rea­les de otros tiempos. A los faraones egipcios se les refrescaba con un abanico de plumas provisto de un largo mango porque así eran los abanicos de los  primeros tiempos, rígidos y operados por una segun­da persona, generalmente el sirviente o el esclavo. Tiempo luego los japoneses inventaron el abanico plegable para uso unipersonal que se popularizó universalmente. Se comenzaron en­tonces a diseñar abanicos para ocasiones especiales, bien para bodas, sepelios o simplemente para las esta­ciones. Se fabricaban aba­nicos de madera muy fina y liviana, perfumados como el sándalo, de seda, plumas y con varillas de marfil o nácar.
Como era una prenda característica de la reale­za, la Revolución Francesa terminó o debilitó su uso, pero quien le dio un golpecasi mortal fue el ventila­dor y el aire acondicionado. Ahora el abanico no es una necesidad sino un lujo, un accesorio para lucir o mo­near, pero llamativo siem­pre. Las españolas lo saben lucir muy bien y se dice que la Reina Isabel II tenía uno con varillas de oro adorna­das con piedras preciosas.
En Venezuela, en el siglo pasado y hasta los prime­ros del presente, el abanico era frecuente en los -galones y hasta se inventó un len­guaje para que las damas pudieran trasmitir mensajes de amor a sus pretendi­dos. Asimismo el abanico les servía para resaltar algún detalle de su cuerpo o de su vestido como también para curiosear y murmu­rar muy de cerca con su vecino.

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