Blog dedicado a trabajos periodísticos de Américo Fernández publicados en rotativos regionales y nacionales.
viernes, 19 de agosto de 2016
PUENTE SOBRE EL CUYUNÍ

El viejo puente
que cruza el Cuyuní, en la vía hacía la Gran Sabana, es indudablemente
importante y atractiva obra de ingeniería que la prestigiosa revista “Estilo”
atribuye a Alejandro Gustavo Eiffel, pero ¿lo es ciertamente?
-Américo
Fernández-
El puente sobre el Cuyuní tiene una
historia interesante, y seguro que pocos guayaneses conocen la importancia de
esa obra de la industria europea llegada a Venezuela en tiempos de la dictadura
gomecista para vadear el río Guárico por El Sombrero, allá en los límites con
Aragua, pero resultó tan angosto para el intenso y pesado trafico vehicular de
la región que el Ministro de Obras Públicas del General Marcos Pérez Jiménez
decidió suplantarlo por otro de estructura plana, y a pasar el colgante para el
Cuyuní, un río guayanés que nace en la Sierra de Lema, se une con el Yuruari
delante de El Dorado y va a tener a la antigua Guayana Británica a través del
Venamo.
El nuevo puente sobre el Guárico fue construido en 1956,
unos 700 metros aproximadamente del puente colgante primitivo por su lado sur,
para enlazar la carretera con una vía perimetral, vale decir, alejada del
centro de la población de El Sombrero dentro del marco de la política de
vialidad del llamado Nuevo Ideal Nacional.
¿Por qué no se dejó el puente primitivo? Porque es muy angosto y se requería otro con
capacidad para el tránsito pesado. Por
eso se construyó un puente plano, estructura de hierro, pero sin los atractivos
del anterior que ese mismo año de 1956 fue reubicado en la región selvática de
Guayana para facilitar entonces la iniciación del proyecto de construcción de
la carretera El Dorado a Santa Elena de Uairén, cuyo contrato había suscrito el Gobierno Nacional
con el ingeniero Luis Entrena en 1953.
El puente colgante sobre el Cuyuní es el primero de su tipo montado en
Guayana, al que le siguió el Puente Angostura sobre el Orinoco, construido
decenios después por la United States Steel International,
entre Punta Chacón y Playa Blanca.
Viéndolo bien, es una obra de arte que a juzgar por un artículo publicado el 19 de
febrero de 1955 en la página de
Arquitectura del “Diario de Caracas” y un reportaje de Hannia Gómez en la
edición 16 de la revista “Estilo”, diseñada por Alejandro
Gustavo Eiffel, creador de la famosa Torre Eiffel, de 300 metros de altura y 1710 peldaños, levantada en el Campo de
Marte y que es orgullo de París desde su inauguración con motivo de la
Exposición Internacional de 1889.
Alejandro
Gustavo Eiffel nació en Dijon en 1831 y falleció en 1923. Ingeniero graduado en la Escuela de Arte y
Oficios de París, fue el primero en aplicar los procedimientos de aire
comprimido al fundamento de los pilares de muchos puentes de grandes ciudades
europeas. Suyo es también el marco de
hierro para la Estatua de la Libertad, de Bartholdi, en el puerto de Nueva
York. Su fama es proverbial y el que se
diga que en Venezuela, específicamente en Guayana, existe un puente de hierro
diseñado por Eiffel, colma de expectación a quienes hasta ahora lo han ignorado
y esperan el esclarecimiento cabal de la noticia. Dice Hannia Gómez en su reportaje publicado
en la revista “Estilo” que a la media noche sonó en su teléfono la voz de un
desconocido que sin más preámbulos le afirmó que “El Puente es de Eiffel”.
El hombre le
decía estar sentado frente a la pantalla de su computador, y que en ella tenía
los planos del proyecto del puente. Le
decía “que podía apreciar con detalle
sobre todo, los montajes verticales... el problema de los esfuerzos, la tensión
de los cables... había incluso fotografías que le habían llegado por el
Internet a su e-mail, desde Francia.
¿Cómo era
posible que los franceses supiesen de la existencia del pequeño puente sobre el
Cuyuní, y tuviesen archivada la documentación gráfica completa en una central
electrónica de información de monumentos históricos... cuando aquí todo no
salía del terreno de lo legendario? Y no sólo eso, respondió pomposamente la voz. La Embajada de Francia incluso ya ha
reclamado oficialmente el puente a Venezuela, porque debe regresar, como toda
obra de arte de todo maestro francés, a la nación francesa. Tengo noticias de que incluso, ya lo están
reclamando en este momento para
llevárselo, como pasó una vez con el Puente del Guanábano, que actualmente se
encuentra restaurado e impecable, luego de años tirado en el Guaire,
funcionando como la atracción máxima en un parque del Canadá.
Puentes robados
a la patria, Puentes desmantelados bajo nuestras propias narices, ante la
indiferencia nacional. Parecían una
aciaga segunda parte de la película “El Robo” de la Torre Eiffel”. Pero, ¿Cómo se habían enterado en Francia?
Unos ingenieros
de una compañía alemana que estaban construyendo el nuevo puente sobre el mismo
río, se acercaron hace pocos meses con curiosidad profesional hasta el puente
colgante en desuso. Ellos dieron con la
placa, y pasaron la información... y como aquí nadie lo quiere, ni se han
interesado por restaurarlo...
¡Entonces era
verdad! Había que hacer
algo, volar al Estado Bolívar, convocar a una rueda de prensa, alertar al
Canciller, al Presidente. Pero, primero,
se necesita una prueba, tener una imagen del puente y de la placa
reveladora. La voz explicó: lo siento, no puedo imprimir ni enviarle por
fax la documentación, reconocerían en la oficina de Francia que he sido yo
quien pasó la información, sería desastroso para mi reputación internacional,
perdería crédito y confianza. Es como
con la fuga de obras de arte, los Picasso, los Matisse, escapando entre los
países. Esta es una obra de arte de
Eiffel, entienda usted, es lo mismo, ellos la quieren, nosotros la tenemos...
todo debe ser confidencial.
¿Qué quería
este hombre a cambio? ¿Para qué había llamado? Soy restaurador de obras de hierro, y si el
puente se queda en Venezuela, me necesitarán.
Si se va, en cambio... Unámonos para no permitir la fuga de esta pieza
monumental.
La conversación
terminó. “Nunca tuve una foto del puente,
ni supe más del hombre”. Hasta
aquí la conversación (real o fábula) que sostuvo Hannia Gómez con la voz
desconocida. En El Sombrero dicen y
redicen y así lo confirma a pie juntillas su cronista oficial Manuel Manrique,
que el puente colgante fue inaugurado el 6 de mayo de 1930 y permaneció sobre
el río Guárico hasta 1956 que el entonces Presidente de Venezuela, General
Marcos Pérez Jiménez, ordenó reubicarlo en El Dorado. Era Ministro de Comunicaciones entonces, el
general Luis Felipe Llovera Páez, nativo de Ciudad Bolívar.
Los habitantes de El Sombrero hicieron lo posible para que
el puente colgante permaneciera en su lugar, no obstante, la construcción de
uno nuevo. Alegaban que bien hubiera
podido quedar para el tránsito local y
de vehículos livianos, pero en contraposición se arguyó su poco tiempo de vida
útil.
Según Manrique, con quien hicimos contacto telefónico, el
puente colgante fue construido en Alemania y trasladado a Venezuela para
cruzarlo sobre el río Guárico a objeto de darle continuidad a la carretera de los Llanos centrales y
occidentales llevada adelante por el gobierno de Juan Vicente Gómez dentro del
plan de construcción de carreteras iniciado en 1911.
Correspondió al ingeniero Rafael Ruiz dirigir los trabajos
puesto que es un puente prefabricado así como el montaje, operación que realizó
junto con el maestro de obra, John Brawn, de origen trinitario.
Las características
de este puente colgante traído de Alemania están descritas en las Memorias de
obras Públicas de 1929. En detalle, se
trata de una obra de estructura rígida con rótulos en las bases de las torres y
luz entre la mampostería de los
estribos. La luz entre las torres es de
120 metros y 5.15 metros las distancias transversales entre las torres; 2
aceras de un metro de ancho cada una y 6 metros la anchura total útil del
puente. Posee una resistencia calculada
para el paso de 2 filas de camiones de 6 toneladas o bien una aplanadora de 19
toneladas. La medida entre los ejes de
las torres es de 120 metros y los anclajes, ambos de 13 metros, están situados
a 44 metros de los ejes de las torres en cada margen. De extremo a extremo el puente tiene una
longitud de 213 metros. Si nos atenemos
a una crónica sobre la ingeniería venezolana de la arquitecta Leszek Zawisza
(Revista 343 CIV 1987), el puente colgante sobre el Guárico fue diseñado, no por Eiffel, sino por el
ingeniero venezolano Luis Velez, quien también diseñó el puente Libertador
sobre el río Torbes, igualmente colgante.
Luis Velez fue
inspector y Ministro de Obras Públicas del gobierno gomecista durante los
períodos 1915-1922 y 1933-1935. Miembro
fundador y Presidente de la Academia de Ciencias, Físicas, Matemáticas y
Naturales y autor de la “Cartilla
para el Cálculo de Puentes Colgantes”.
Si como dice la
arquitecta Zawisza, Luis Velez diseño el puente colgante sobre el río Guárico,
es posible entonces, que su construcción, puesto que estaba diseñado con torres
de acero, haya sido contratada a una empresa alemana. Entonces, ¿Cómo se llamaba esa empresa?
¿Acaso “Eifel” (con una sola f) como la meseta de 740 metros ubicada en la
región alemana de Remania? Si es así, la confusión con el “Eiffel”
francés pudiera venir por allí.
Para la época
de Gómez se diseñaron y construyeron puentes colgantes, pero con torres de
concreto, como el de Boconó, y de madera como el de Acarigua. Las veces que se acometieron puentes con
torres de hierro, había que importarlas.
El primer puente colgante con torres de madera fue construido en
Venezuela por el ingeniero Alberto Lutowski, en la carretera Valencia – Puerto
Cabello, en 1844. Este ingeniero, de
origen polaco, murió en Ciudad Bolívar el 16 de febrero de 1871 cuando
construía el edificio destinado hoy a Centro de las Artes.
Esta es una
posibilidad que nadie hasta ahora la ha
presentado y que toma fuerza cundo vemos, como lo afirma el cronista de El
Sombrero, que el puente fue traído de Alemania y no de Francia. Asimismo, cuando cotejamos el año de la
muerte de Alejandro Gustavo Eiffel, ocurrida en 1923, y el montaje del puente
en Venezuela en 1930. No quiere decir,
sin embargo, que el ingeniero Luis Velez no haya seguido la escuela de Eiffel
en cuanto a tipología.
De todas
maneras, sea o no de Eiffel, el puente colgante sobre el Cuyuní tiene un gran
valor desde el punto de vista histórico y artístico, máxime si fue diseñado por
un ingeniero venezolano, y por lo tanto,
merece ser restaurado y rescatado, si es posible, para ser utilizado y exhibido
como atracción turística en la Gran Sabana, algo parecido a lo que se hizo con
el puente caraqueño del Guanábano o “Puente de los suicidas”
construido en 1884 en el cauce del Catuche y que ahora, por generosidad o
negligencia nuestra, exhibe Canadá como señuelo turístico.
miércoles, 26 de agosto de 2015
¿QUIÉN ULTRAJO Y MATÓ A LESBIA BIAGGI?
Un domingo 15
de octubre de 1961, la ex secretaria de la Cámara de Comercio de Ciudad
Bolívar, hermana del sacerdote ex capellán del ejército, Luis Ramón Biaggi
Tapia, fue hallada ultrajada en su habitación y con una herida profunda en
el intercostal izquierdo que le causó la
muerte.
Américo Fernández
Nadie
sabe cuándo, pero sabemos a ciencia cierta que tenemos que morir, por
agotamiento físico, enfermedad o trágicamente, pero lo inexplicable y
sorprendente, lo que siempre ha consternado a la humanidad, es que fuera de
esos determinismos naturales, se viole impunemente el derecho a la vida.
En el caso criminal de la joven de
24 años, Lesbia María Biaggi Tapia, asesinada en su propio hogar, donde vivía
con su madre y dos de sus hermanos, no sólo se violó impunemente el derecho a
la vida sino que se la ultrajó.
Treinta y nueve años transcurridos y
han sido insuficientes para esclarecer el crimen, pues el único sindicado fue
absuelto porque los indicios en su contra, logrados a través de los análisis de
laboratorios, más los testimonios cotejados por el Buró de investigaciones del Cuerpo Técnico de
la Policía Judicial, no convencieron al
Juez Penal de la causa. ¿Qué procedía
entonces? Obviamente, reactivar las
investigaciones hasta las últimas consecuencias, pero por lo que ordinariamente
observamos, ya es práctica manida de los cuerpos policiales asumir una conducta
de tácita impotencia (¿presión, comodidad, desidia, prejuicio?) quedando de
esta manera el caso en absoluto abandono hasta su prescripción eterna.
Mientras tanto, los bolivarenses,
cada año por este día de octubre, se conforman con recordar a aquella muchacha
afable, romántica y sencilla que sólo llegó a usar el velo para ir a misa
porque el de novia se lo arrebató la muerte.
Se llamaba Lesbia María Biaggi
Tapia, morena de 24 años, pelo negro,
1,60 de estatura, contextura regular, casi parca y de sonrisa agradable. Hija
adoptiva, porque Carmen Biaggi de Tapia, su madre aparente, sólo tuvo a Ada en su matrimonio con Ramón
Biaggi, aparte de los varones: Luis Ramón (sacerdote), Nanzo (abogado), Frank y
Orlando, todos nacidos en Pariaguán del Estado Anzoátegui y con residencia y
vida profesional en la Capital de la República.
Lo cierto es que la vida de esta familia se desgració desde aquel aciago
día en que la sangre de Lesbia se desbordó por el lado de su corazón e
inundó la sensibilidad del mundo
cristiano, más cuando el señalamiento que a una semana del crimen hizo la PTJ,
apuntaba a su hermano de crianza, un joven sacerdote, virtualmente impecable en
su carrera clerical.
Excepto la explosión de nervio al
ser informado y un desmayo sufrido frente al cadáver desnudo y sangrante de su
hermana, el Padre Biaggi trató en todo
momento de conservar el aplomo y cuando el Inspector Nacional de la PTJ, doctor
Carlos Olivares Bosque lo interrogó “libre de coacción y apremio”, declaró que
sólo sabía lo que había visto y hecho hasta ese momento de enterarse del
trágico suceso. Vale decir, que el
sábado 14, a eso de las cinco de la tarde, salió de su casa de la vereda cinco
de Vista Hermosa, conduciendo carro propio, en compañía de su madre, su hermana
Lesbia y su hermano menor Orlando, hacia la casa de la familia Huang, donde se
realizaron dos bautizos, uno de los cuales apadrinado por él y su madre madrina
del otro.
Luego se trasladaron a la Iglesia
para cumplir la ceremonia del bautizo y seguidamente regresaron a la casa donde la familia Huang
ofreció un brindis. Allí compartieron
hasta un poco antes de las once cuando decidieron retirarse y llevar de
paso hasta su domicilio a Grecia Ortiz y
al joven Rigoberto Franceschi, novio de Lesbia, que se había incorporado a la
reunión a las 9:30 de la noche. El Padre dijo haber consumido sólo dos vasos
de whisky de botella y media servida
durante la sencilla reunión.
Entre 11:30 y 12 de la noche la
familia Biaggi Tapia llegó de regreso a
Vista Hermosa y contó el Padre que “al
llegar a casa, mi mama me entregó la llave, abrí la puerta y penetré en mi
habitación con el deseo de dormirme pronto porque el domingo muy temprano debía
oficiar misa. Cerré mi cuarto, encendí
el aparato de aire acondicionado, me desvestí y me acosté. En la noche no sentí nada extraño y a las 6
de la mañana del domingo me desperté;
abrí la puerta y me dirigí al baño antes de prepararme para la misa. Al salir, como tenía casi enfrente la
habitación de mi hermana Lesbia, observé que la cama estaba vacía, porque no le
vi los pies, que era lo único que sin asomame podía observar, pues la puerta de
habitación no estaba abierta del
todo. Me puse la sotana y salí hacia la
puerta de la calle encontrándome con que estaba abierta –eran como las 6,20 de
la mañana- A mi me extrañó que estuviese
abierta a esa hora, pero como teníamos que ir temprano de excursión, supuse que
mi hermana había salido a hacer diligencias relacionadas con el paseo.
Encendí mi carro y salí hacia la
iglesia Santa Ana a oficiar la misa. La
comencé a las 6:35 y al terminarla convoqué hacia mi a todos los fieles que
estaban dentro y comenzamos a organizar una colecta con el fin de hacerle el
trono a la virgen de Coromoto. Estando
en eso entró a la carrera el maestro Félix Rodríguez a decirme: “Padre, que vaya urgentemente a su casa
que allá ha sucedido una tragedia”
Rápidamente, me despojé de los ornamentos y salí corriendo. Quise manejar y Félix me quitó el suiche para
hacerlo él. Desesperado, le pregunté: “¿Qué ha pasado con mi hermana?”, y me
respondió: “¡Está muerta!”
Entonces lloré, sentí que los
nervios me dominaban y le dije: “Llévame
primero a casa de Monseñor Bernal, frente a la Catedral, junto a él tendré más
valor para poder ver a mi hermana muerta.
El es para mi como un padre y ha sido mi apoyo en los momentos
difíciles”. Supuse que ese día,
domingo, estaría en la Catedral. Subí
tres gradas y al sentir un carro que venía detrás, vi que era José Soto, el muchacho del Palacio
Arzobispal. Le pregunté si Monseñor
estaba en la Iglesia y me respondió que aun no había llegado de Puerto
Ordaz. Le dije que lo fuera a buscar
inmediatamente y me fui a mi casa en mi carro manejado por Félix
Rodríguez. Encontré allí mucha gente en
el frente; muchos se acercaron para abrazarme y yo, sorprendido, pregunté ¿cómo
ha sido? Y me respondieron ¡la mataron!. Sentí que perdía el ánimo para entrar y ver a
mi hermana muerta. Acudí a mi madre que
estaba en el porche, con quien me detuve un rato. Pasé a la sala, me senté; entonces me acerqué
hacia la puerta del cuarto de mi hermana.
Adentro estaba el doctor Humberto Bártoli, médico forense, el fotógrafo
de la Judicial, así como el Jefe de esta Oficina señor Díaz Arévalo. El doctor Bártoli creyó a primera vista que
la causa de la muerte de Lesbia la había producido un derrame ¿un derrame,
y me dijeron que la habían matado? me pregunté retirándome de la puerta y
sentándome otra vez en la sala desde donde fui llamado por el Dr. Bártoli... me
mostró que había una herida en el pecho.
Mi hermana estaba en el suelo, del otro lado de la cama, o sea, del lado
de la ventana, tiesa. Al verla
totalmente desnuda sentí una baja de tensión y tuve que retirarme conducido en
brazos de otros hacia una cama donde me acostaron.
ACTUACIÓN ILÓGICA DEL PADRE
El maestro de escuela Félix Manuel
Rodríguez Rondón, de 28 años, casado, natural de El Miamo y vecino de los
Biaggi, también fue llamado a declarar, pero su versión no concuerda
exactamente con la dada por el sacerdote después que lo enteró del hecho.
Rodríguez dijo que el domingo 15 se levantó a un cuarto para las siete de la
mañana y cuando comenzaba el desayuno oyó gritos. Salió a la calle y se dio cuenta que los
gritos procedían de la casa de la familia Biaggi y pudo ver a la Señora Carmen
Biaggi, desesperada, diciéndole ¡está muerta!
“Sin llegar a saber de quién se trataba, tomé mi carro y me dirigí
a la Cárcel Modelo para avisarle al Padre Biaggi. En ese lugar no lo conseguí y me dirigí a la
iglesia Santa Ana de la que también es párroco.
Allí estaba con los ornamentos propios de la misa. De inmediato lo llamé mediante una seña y le dije: ¡Padre. en su
casa hay una tragedia!, ya que no sabía de qué se trataba, ni quién era la
víctima. El Padre, de seguidas, se quitó
los ornamentos y se dirigió al carro y como lo vi nervioso, le quité el
suiche. Entonces me dijo que la única
que había en su casa era su hermana y me pidió lo llevara al Palacio Arzobispal
para hablar con Monseñor Bernal. Estando
en el sitio, no se si alguien le dijo al Padre que Monseñor Bernal no estaba en
el Palacio Arzobispal. Fue entonces cuando llegaron otros vecinos cuyos
nombres no recuerdo, a bordo de un Ford Falcón, y el Padre se embarcó en él y
se dirigieron a la clínica “García Parra” mientras yo lo seguía en su
carro. En la Clínica se bajó el Padre y
habló con un médico, mientras yo me adelantaba para dirigirme a dar aviso a la
Judicial, como él me lo había pedido en el trayecto. Una vez que avisé a la Policía, volví a la
casa de la familia Biaggi y dejé el
carro. Ya el Padre Biaggi había llegado
y se encontraba en el porche lleno de gente.
Con un pariente del Padre traté para que me prestara el carro para
informar del suceso a los familiares.
Fue al regreso, a bordo de la chalana, como las 2 de la tarde, cuando
supe que se trataba del asesinato de la joven Lesbia Biaggi.
LA PTJ EN ACCION
El Cuerpo Técnico de la Policía Judicial hizo acto de presencia y
constató que la joven Lesbia María fue víctima de una profunda herida en el
octavo espacio intercostal izquierdo que le produjo hemorragia y muerte, siendo
a la vez ultrajada. Constató también que no hubo signos de violencia y que la
joven, defendiendo su honor y en un esfuerzo desesperado, arrancó cabellos al
victimario, el cual haciendo uso de un cuchillo o daga le causó una herida
mortal.
Consumado el hecho criminal, el autor preparó el sitio del suceso,
colocando el cadáver en el suelo, cerca de la cama. La PTJ logró con éxito reactivar rastros y
huellas que permitieron llevar a cabo una intensa como bien orientada
investigación y acumular gran cantidad de evidencias.
Practicó exámenes hematológicos y micrométricos de los pelos arrancados
por la víctima al victimario, asimismo los practicó a un pañuelo manchado de
sangre y a una media femenina perfumada hallados en el cuarto del sacerdote. De
la misma manera, reactivó huellas y
manchas en el piso de los cuartos de Lesbia y del Padre, de suerte que pudo la Policía acumular gran cantidad de
evidencias en contra del sacerdotes que obligaron irremisiblemente a su
detención..
DETENCIÓN DEL PADRE BIAGGI
Dada la acumulación de evidencias arrojadas por la experticia técnica y
las actuaciones ilógicas y contradictorias patentes en algunos testimonios, el
Inspector Nacional en Comisión, Carlos Olivares Bosque, sindicó al Pbro. Luis
Ramón Biaggi Tapia, como autor de los hechos o, en último término, como
presente en el sitio de los sucesos en el lugar del crimen. Por lo tanto se le practicó detención el 26
de octubre y se puso a la orden de los Tribunales de Justicia.
Entre las evidencias que sindicaron al sacerdote como presunto autor del
crimen están los cabellos de su región temporal que guardan notable similitud
con los arrancados por la víctima a su victimario. La mancha de sangre en el pañuelo y unas
cinco acciones ilógicas, como la de ir directamente al Palacio Arzobispal en
vez de hacerlo directamente a su casa donde había sido hallada muerta su
hermana de crianza.
UNA CARTA A SU FAVOR
Una carta jugada a favor del Padre Biaggi la constituyen los exámenes
psicológicos y psiquiátricos practicados oficialmente por los doctores José
Luis Vethencourt y el Pbro Carlos Alberto Plazas. En síntesis, estos exámenes concluyeron en
que las reacciones internas y externas del Padre Biaggi eran diametralmente
opuestas a las de un criminal. Según los
resultados de esos exámenes, el Padre Biaggi parecía ser “inocente, a menos
que se trate de un monstruo, pero en este último caso no existe antecedente en
la psiquiatría”.
Días después, el juicio fue erradicado de la
Circunscripción Judicial del Estado Bolívar y el Pbro. Luis Ramón Biaggi Tapia
pasado de la Cárcel de Ciudad Bolívar, donde había sido capellán, a la
Penitenciaría de San Juan de los Morros.
Posteriormente salió absuelto y terminó renunciando a los hábitos sacerdotales. Hoy día es abogado en ejercicio. La madre del
sacerdote terminó suicidándose mientras el arcano se tragó el misterio de
aquella ofensa mortal a la existencia de una mujer en la etapa soñadora de su
juventud.


lunes, 13 de julio de 2015
De la Tumbazón al Trocadero
(Especial
para la edición aniversario de El Luchador 10 de julio 2015)
De la Tumbazón al Trocadero
pasando por El Retumbo y la Ciudad Perdida
El advenimiento de la Rockola, lenitivo
para los despechados y buscadores de encuentros amorosos.
-Américo
Fernández-
La actual calle Santa Ana era conocida
antiguamente como calle La Tumbazón en
razón de que allí la marinería del puerto fluvial como toro boruca tumbaba a
las diablitos, pero esto se acabó cuando el vicario general de la diócesis.
Monseñor José Leandro Aristeguieta, logró que las autoridades clausuraran las
casas de encuentros amorosos por estar cercas de la iglesia que él había
fundado en 1856.
Surgió
entonces El Retumbo en la zona que después fue llamada Calle Miscelánea y finalmente Calle Dalla
Costa. El Retumbo era en cierto modo un lugar ruidosamente burdelesco donde la
alta y baja marinería de los barcos
fondeados en la arenosa ribera orinoqueña, saciaba su sed de amor a cambio de
algunos pesos, florines, dólares francos o esterlinas. No había problemas en
cuanto a la nacionalidad de la moneda porque la Casa Blohm más arriba en las
casas porticadas, funcionaba como banco
y casa de cambio.
Entonces el desarrollo
urbano hizo que El Retumbo se mudara más hacia el Oriente con el nombre de la
Ciudad Perdida. “La ciudad pervertida” quería decir la altiva y muy cristiana
familia angostureña. El poeta José Sánchez Negrón me contaba que en su época de
niño, cuando su tía-abuela llevándolo de la mano se veía obligada a pasar por
sus cercanías, le advertía que no viese hacia ese lugar porque era como entrar
en o hacer contacto con lo pecaminoso.
Ellas eran las golfas,
las rameras, las busconas, las hetairas, las heteras, las perdidas, las
meretrices, las mundanas, las pendangas, las zorras, las suripantas, las
pecadoras, las pelanduscas, las pendangas, las arrastradas, las perendecas, las
bagasas, las putas, las prostitutas, en fin, las cortesanas del burdel de
Fliliberto, contra las cuales nunca pudieron los sermones disparados desde el
púlpito de la Catedral.
Contra ellas sólo podía
de vez en cuando por agosto el Señor de las Aguas. Entonces, goloso, turbio y
repleto de mogotes, metía sus lenguas, las inundaba y las hacía damnificadas
hasta que satisfecho retornaba a su cauce.
Pero lo del 43 fue
imperdonable. El Orinoco sumergió a la Ciudad Perdida hasta tres metros bajo
agua y las alegres mujeres se vieron frustradas al pretender refugiarse en las
cubiertas de los barcos. Se dispersaron y fueron a parar unas a los Culíes,
otras a los cerros El Zamuro y La Esperanza.
Un número menor de ellas buscaron protección en los cerros El Chivo y el
Temblador y al otro lado del río, en Soledad. Se dispersaron hasta que bajasen
las aguas y todo volviese a ser como antes: pero, nunca, jamás pudieron
retornar por esos lados.
El Presidente de la Republica Isaías Medina Angarita
, luego de aterrizar en el aeropuerto de la Laja de la Llanera en el avión
Late-28 que lo trajo de Maracay, ordenó que “Sodoma y Gomorra” fuera destruida
y que a nadie se le ocurriese mirar hacia atrás porque estatua de sal se
volvería. De manera que acatando la disposición del magistrado, se levantó allí
un edificio resaltando en el frontispicio aquella sabia frase de Bolívar en el
Congreso de Angostura: “Moral y Luces son nuestras primeras necesidades”.
Pero la Ciudad Perdida
sólo perdió su nombre porque la construcción del Grupo Escolar no fue
suficiente para acabar la prostitución en el lugar. Si bien el grueso de la
actividad del comercio sexual buscó hacia las afueras lugares más apropiados
como El Trocadero, El Vesubio y El Siete, quedaron en las inmediaciones del
Grupo Escolar algunos puntos reservados como “El Chupulún”, en donde seguro
encontrar a Eduardo Santana y no precisamente moviendo a la Reina del ajedrez.
Pero el más trascendente
fue indudablemente El Trocadero donde nunca faltó la Rockola, ese artefacto
parecido a un robot, pero que no es más que el bendito fonógrafo de Edison
llevado a una dimensión descomunal para hacerlo automáticamente operable, de
largo tablero numerando los discos de moda, como fueron los de Julio Jaramillo,
Leo Marín, Lucho Gatica, Toña la Negra, Pedro Vargas y hasta del mismísimo Luis
Sarmiento, nacido y crecido en estos patios del merey y la coroba y quien tuvo
el privilegio de bautizar su primer disco, un 45, en el Trocadero de Edelmiro
Lizardi, donde parecía imperecedero el sonido de la rockola.
Allí en ese Trocadero
que antes estuvo por las inmediaciones de la Bomba Taguapire y que después se
reubicó por cuestión de moralidad pública en los alrededores de La Campiña,
zona rural donde Alberto Minet fomentó una granja que terminó bajo las aguas
desbordadas del río San Rafael, tan tímido en tiempo de sequía como
revoltoso durante la estación de lluvia.
Bueno, decía, que en ese Trocadero del
que se saben y cuentan infinitas historias como la del pintor José Martínez
Barrios, celebrado pintor bolivarense que tuvo amigables relaciones con
Edelmiro Lizardi, el dueño del famoso Trocadero de Ciudad Bolívar
Solía recordar en vespertinas tertulias
en el quiosco que era de Carlito Hernández, aquel ambiente pintoresco con
cuartos de moriche en el fondo, situado en La Campiña. Por allí pasaron mujeres bellísimas de
Maracaibo, Valencia, Upata. Uno se
tomaba una cerveza por real y medio. El
tercio costaba 1,25; dos bolívares la media jarra y tres el botellón. Allí Martínez tuvo sus primeras incursiones
amorosas.
En ese paraje, el pintor anclado en el
claro oscuro de los clásicos, se empató con una merideña bellísima de nombre
Juliana. En ese tiempo Martínez vivía
leyendo libros de estética, de preceptiva literaria, filosofía y obras
románticas. Como los actores de cine,
buscaba argumentos para su vida, temas que le nutrieran existencialmente.
En ese
Trocadero había una rockola con muchas y variadas canciones de amor y despecho
que tragaba más monedas que una moderna máquina de juego. Al fin, la rockola también es como una
máquina lúdica donde bajo la compulsión etílica y a la luz de una letra o melodía se pone a
prueba como en un juego, la sensibilidad para vencer o terminar en el foso de
un amor incomprendido.
Edelmiro
administraba y soñaba con la rockola porque también en medio de aquel lupanar
él era una abeja con su corazón herido y un buen día, desengañado, cerró el Trocadero y se metió a rockolero.
Se fue a comerciar con las rockolas.
Las hacía reparar con el técnico James Hernández, luego las alquilaba,
vendía, y hasta suscribió un contrato de distribución con la Wurlitzer a pesar
de Pedro Montes que también era del ramo y tenía su establecimiento frente al
Café España. El comercio de las rockolas
era bueno y los aparatos sonaban no sólo
en El Vesubio, el Tibiritabara,
la Estrella Roja, el Caballo Negro, La Cibele, Le Tucan, La Glaciere, la Luzetti y el Club
Buena Vista La piscina, sino en un bar tan marginal como el Boby Capó del
Barrio Negro Primero, donde los despechados solían llorar los desaires
intempestivos de sus amadas, escuchando la voz de Lope Balaguer cantando que falta tu me haces, que falta tan
inmensa, o aquella que dice yo quiero que tu vuelvas no pongo condición o el
amor es uno, uno y nada más, lo demás humo, humo que se va.
El periodista Enrique
Aristeguieta prefería una rockola del barrio Las Moreas que no aceptaba sino
monedas de plata, claro, él no las tenía pero sí la señora dueña del negocio
que las facilitaba con ese propósito a
cambio de esas otras que ruedan por allí muy devaluadas. Allí junto con Camilo Perfetti quise una vez llevar
a Eliécer Calzadilla, amante de las rockolas además de excelente conversador,
pero no pasamos del Tropical Room
del barrio La Sabanita hasta que llegó la Guardia Nacional y bajó toda la
botillería porque, cosa rara en un lugar tan grato, carecía de licencia.
martes, 30 de junio de 2015
Morochito Rodríguez en Ciudad Bolívar
Entrevista de Américo Fernández al Campeón Olímpico Francisco “Morochito”
Rodríguez el 17 de diciembre de 1968 para el diario El Nacional
Morochito Rodríguez en Ciudad Bolívar
No ha Nacido todavía mi sucesor

Ciudad Bolívar, 17. (Especial).
Me ha resultado más fácil entrevistar al Presidente de la República que al
ídolo nacional Francisco Morocho Rodríguez,
no obstante que su guardia la deja, junto con los guantes, colgada en el
ring. El problema es que a Morochito lo asedian las mujeres y los
hombres que admiran la reciedumbre de sus
puños.
Las mujeres quieren besarlo, que les dé su autógrafo o bailar con él, mientras que los hombres sólo
quieren estrechar la mano y admirar de muy
cerca al "pequeño gigante cumanés".
Desde las cinco y media de la tarde
de ayer hasta las once de la noche
buscamos el momento más libre y
oportuno para llegar hasta el campeón y hacerle algunas preguntas para
el periódico; sin embargo, cada pregunta
suelta lanzada tuvo una interrupción
aproximada de cinco minutos. Ni la
ayuda gentil de su flamante novia, una linda aeromoza, nos pudo evitar
las desesperantes interrupciones.
Al fin, tirado el anzuelo, fuimos
pescando en medio del asedio de los circunstantes, en medio de la
aglomeración, del bullicio de la gente, del ritmo del conjunto que animó la
fiesta y del cocktail de camarones que sirvieron
de primero en la cena.
z —Morocho, ahora que ,has anunciado tu retiro del boxeo, ¿quién crees que será tu susesor?
Piensa y tira con la misma ligereza
de sus puños y atravesando la
sonrisa de su novia que me separa de él, contesta:
—Realmente creo que todavía no ha nacido mi sucesor.
Además, mi 'anunciado retiro del boxeo es relativo, pues es probable que continúe representando a mi país en los
grandes acontecimientos olímpicos.
—Entonces ¿qué es por fin? ¿Te retiras o no te retiras? ¿No será que has sido mal entendido cuando quieren decir que no darás el
salto al profesional?
Morocho trata de darme unas palmadas en el hombro diciendo:
—Eso es. No quiero ser profesional, sino un símbolo, pero
no un símbolo estático sino activo dentro del boxeo amateur. No estar peleando a
cada rato, sino que me preparare cuando
sea necesario representar a mi país en un evento internacional de importancia.
Así se lo he prometido a mi madre, quien se mortifica por mí cada vez que me
encuentro entre las cuerdas.
—Muy bien, Morocho, ¿pero qué piensa
hacer mientras tanto?
—Pienso trabajar y alternar mi trabajo con un curso, de mecánica.
—¿Trabajar qué y dónde-?
—No sé todavía. Tengo que esperar hasta enero porque me han
hecho muchos ofrecimientos que
seguramente no cristalizarán
hasta-esa fecha.
Morocho desvía la atención hacia el doctor Francisco
Tepedino Albertini, Gobernador Encargado, que está sentado a su derecha, al tiempo que llegan
otras personas para saludarlo. Mientras tanto el
corresponsal habla con la joven morena vestida de blanco que está con la
sonrisa fresca sentada al lado del atleta.
—Y, usted señorita, perdone, ¿es la
novia del Morocho? —Sonríe y de sus labios se desprende un "sí"
sugestivo.
Por favor, ¿puede dar su nombre?
—Rosario González. Soy aeromoza de Aeropostal.
—¿Es imprudente preguntarle la edad?
No. Tengo 21 años.
—¿Tiene mucho tiempo conociendo al Morocho?
Desde que somos novios. Hace creo que tres meses. Nos
conocimos durante el vuelo 3118 Maiquetía -C
umaná-Porlamar.
El Morocho se da cuenta de la conversación y sentencia a
su prometida con una mirada.
Estoy conociendo a tu novia, Morocho.
Mi novia! dice el Morocho fingiendo una sorpresa tímida. Luego hace un gesto basculante con la mano y agrega: —ahí, ahí. Rosario
no se disgusta y el corresponsal prosigue las preguntas al campeón.
¿A quién le debes el título que ahora posees?
—A nadie. A mi mismo. A mí dedicación y esfuerzo.
—¿Quién ha sido tu mejor consejero?
—No lo conozco.
—¿Qué opinas del deporte en Venezuela?
—En términos generales es bueno, destacándose más el boxeo. El boxeo
está dando valores que si se orientan bien, se cuidan y conservan, darán muchas
glorias a Venezuela.
—¿Cuál es tu lado flaco en el boxeo?
—No ha sido descubierto todavía
-Tu mayor dificultad durante las
Olimpíadas?
—Haber tenido que pasar cinco días de hambre tratando de rebajar cinco kilos de peso.
—¿Que piensas de Ciudad Bolívar?
—Es una ciudad muy linda y de gente acogedora. Estoy agradecido de sus tributos y me consuela
saber que la primera vez que vine a una exhibición fui objeto también de una
manifestación de aprecio que ahora se ha multiplicado. Creo que la próxima vez
me sentiré más pequeño de lo que soy ante
la grandeza del corazón de este
pueblo.
—Perdóname, Morocho, que te haga esta pregunta; pero veo
en mi contacto diario con la ciudadanía que ella está interesada en saber
¿por quién vas a votar?
Morocho hizo un movimiento de desagrado con la cabeza y respondió:
—Nunca he sido político. Estoy conociendo eso ahora. Eres el primer periodista que me hace esa pregunta,
Y Morocho, visiblemente disgustado,
aunque se concilió después con el periodista, cortó la entrevista
definitivamente y se fue a bailar con una linda jovencita que lo invitó sin pedir la anuencia de su novia.
martes, 23 de junio de 2015
EDUARDO MELGAR TENOR Y TORERO
Reportaje de Américo Fernández publicado el 23 de noviembre de 2007 en el diario Correo del Caroní, con el título:
EDUARDO VIAMONTE: TENOR Y TORERO DE GRAN CARTEL
* En estos días hubo concierto en Ciudad Guayana y Ciudad Bolívar con aventajados alumnos de FAMICANTO, una fundación de la que son alma y fibra, el tenor Eduardo viamonte y su esposa Rosita del Castillo. Viamonte, bolivarense de pura cepa, antes de cantar como tenor en reputdos escenarios, fue torero de gran cartel.
Eduardo Viamonte es un excelente tenor formado en academias de Caracas y
Nueva York, pero antes fue torero de atractivo cartel en los cosos hispanos. Torero
iniciado en los corrales del viejo
matadero de Ciudad Bolívar y en el
circo Monedero, pero un día, tras
clamorosa tarde de Benavente, se sintió tan vacío y desolado, que
decidió tirar los trastos, vale decir, matar al torero que había en él. Estudió canto y actuó en importantes escenarios.
Aquí en su ciudad natal como en su residencia fija
en Caracas, ejerció la cátedra del canto y, como en el poema de Neruda, sintió
en 1997 que lo buscan las raíces que abandonó,
la tierra perdida de la infancia, y volvió
a estar aquí, frente al río, detenido por el aroma errante de los
mogotes.
Eduardo Melgar que cuando fue
torero calzó el nombre de Eduardo Viamonte, nació en la bendita y ya desaparecida Laja de la Sapoara y creció hasta los dieciséis años en el
regazo de su abuela, una mujer muy dulce de Los Morichales, la misma que
enamoró su abuelo cantándole zarzuelas
con su voz de barítono.
Tal vez por ese lado le vino su vocación
de cantante descubierta a buena hora por el sacerdote Segundo Ferreira, fundador del Orfeón
Bolívar, a quien la traviesa muchachada apodaba
“Motocicleta”.
Eduardo era el único monaguillo que se daba el lujo de
ayudar a la misa cantando y, esto le retribuía lo
suficiente para tomar toddy en el
"Toddy Room" y divertirse con
las películas del Cine Mundial.
Era una etapa de la vida de Eduardo donde buscaba
todos los cauces. Era un muchacho inquieto y de gran temperamento. Igual le daba atravesar el Orinoco como irse a
torear al matadero.
Cantaba Granada, Mala noche, algunas milongas, sobre todo, Noche de Ronda y Maigualida que interpreta Jorge Negrete en la película
Canaima. Se subía de noche en la torre del
telégrafo en el puerto de Blohm y,
toda la gente del barrio Santa Ana lo escuchaba
porque su voz era fuerte y se proyectaba
lejos con la brisa del río.
Lo de ser torero le nació porque le gustaban las emociones fuertes. Lo atraían las temporadas del circo del viejo Monedero a donde iba con Cantini "El maestrico", bedel del Liceo Peñalver, que había sido novillero en Valencia
y él, muchacho apasionado y con mucho espíritu,
era su pupilo, siempre andaban
juntos y Cantini cada vez que podía
le daba clases de toreo en los corrales del matadero.
Un día llegó a Ciudad Bolívar el matador Cayetano Ordoñez "Niño de la Palma", padre
de Antonio Ordoñez que fue gran figura, torero de mucha clase, y a quien García Lorca le dedicó aquel famoso poema "Era de Ronda y se
llamaba Cayetano..."
Llegó Cayetano ese día con otro torero, muy modesto, de nombre Perucho de Canarias. Cuando lo supo, Eduardo se fue
hasta el hotel donde se hospedaba. Se le presentó y le dijo: "Yo soy el torero de aquí y vengo a
hablar con usted porque quiero torear". Cayetano se lo quedó mirando de arriba abajo y luego de afinar su sexto sentido y observarlo, le respondió: "Pues bien,
amigo, tu vas a torear entonces con
nosotros el domingo".
La corrida en aquella tarde dominical, era en el estadio Tomás de Heres que estaba en la avenida Táchira y, Eduardo se vistió con una chaqueta corta que le confecciono su abuela, combinada con un pantalón corto y zapatos de goma. Así salió al ruedo y se
hallaba en el burladero cuando Cayetano
le tanteo el primer animal y lo invito a
torear.
Aquello fue memorable por la emoción increíble de la gente al grito de ¡Oleee! cuando le daba pases de rodilla y en todas formas a aquel toro frente a Cayetano, atónito por lo
que estaba viendo.
Y sintiendo el Mataor hispano
que el muchacho le robaba el show, caminó hasta el centro del pequeño ruedo y le dijo:
“Ya está, hombre”. Pero engolosinado,
le hizo un desaire y molesto el matador
le reclamó: ¿Usted sabe con quién trata,
se ha olvidado, hombre, que yo soy Ordoñez?” Comprendió Eduardo la
situación y accedió.
Luego que terminó la corrida,
el público lo cargó en hombros a lo largo del Paseo y a Cayetano no le quedó
más alternativa que contratarlo para que toreara con él la temporada, pues
Peruchp de Canarias tenía que regresar.
BANDERILLAS,
ALTERNATIVA Y REVOLCÓN
Eduardo había aprovechado muy bien
las lecciones de Cantini y, tocaba casualmente nada menos que a Cayetano
complementarlas. De manera que con él aprendió a vestirse de torero, a
colocarse las talequillas, abrocharse los machos y liarse el capotillo en la cintura para salir impecable
al ruedo. Todo ello, paso a paso, como un rito.
Jamás había pegado un par de banderillas y la tarde
en que lo hizo el toro lo revolcó. Fue precisamente
el día en que Cayetano le dio la alternativa llamándolo al medio de la
plaza y entregándole los trastos. Toreó en
esa corrida un toro prestado por un
señor de apellido Macías, que no podía matar.
Cayetano tomo las banderillas: "Pégaselas tú" le dijo y cuando Eduardo trató de hacerlo, el toro lo tiró, se levantó, tomó la muleta y durante la faena el animal volvió a levantarlo y aquello fue la
locura. Perdió la cabeza, se fue al
burladero, sacó la espada, le pego tres muletazos y tomo posición para
matar al toro, pero el dueño del animal se lanzó el ruedo para evitarlo.
TORERO GUAYANÉS EN ESPAÑA
Su amistad con Cayetano Ordoñez lo
proyectó a España. Allá Eduardo
debutó con Curro y Rafael Girón en
una corrida del sindicato del espectáculo de Salamanca, la primera vez
que se daba un cartel con tres venezolanos juntos. Fue el comienzo de una buena campaña de novillero en el que estuvo con "Chamaco" en una corrida realizada en Palma de Mallorca y en Barcelona con Jaime
Ostos y Joaquín Bernardo, un torero que siempre que toreaba con él le iba mal. Eduardo cortaba las orejas y el pobre hombre se iba triste para su casa.
En la plaza de Barcelona lo cogió un toro en corrida con Ordoñez y el Litri, con toros que "sabían leer y
escribir". Toros de 500 kilos que
llevaban seis meses en los corrales
y los cuales el representante de Ordoñez quería rechazar porque los animales no procedían de una ganadería de renombre.
Pues bien, allí trato de
lucirse lo mejor que pudo y, en efecto, había hecho
una estupenda corrida, pero a la hora de matar, es decir, cuando el
toro comenzaba a doblar, va al burladero a
echar le agua al botijo. Entonces oye que
le gritan ¡Eduardo!. Voltea y ve a la familia Ríos de su gran afecto en el momento en que el toro que venía por
el hilo de las tablas, lo pincha por
la ingle y lo voltea de manera espectacular. Cae, se levanta todo maltrecho, se echa agua, vuelve por el animal, pero el toro, muy grande y hondo de laguja, no dobla. Toma la espada de descabellar y ya en posición, el toro embiste bruscamente y lo derriba. Despertó al siguiente día en el hospital donde, por cierto, lo visitó el poeta Héctor Guillermo Villalobos
que se hallaba y le regaló un reloj.
No obstante ese percance,
continuo toreando con el mismo fervor de siempre, pero luego de
una gran tarde en Benavente, provincia de
Zamora, toreando con el rejoneado Peralta,
le ocurrió algo singular: Se sentía solo y vacío y tras profunda
meditación, se preguntó: “¿Esto es…matador de toros?” Se lo repitió tanto que
le parecía tan pobre aquello y decidió volver al canto, para lo cual arregló
sus bártulos y regresó a Venezuela.
SU DESTINO ESTABA EN EL CANTO
Ya de nuevo en Venezuela, se puso a trabajar; primero, en una Corporación Internacional y luego en los Helados Efe. Alternaba su trabajo de ejecutivo de la
empresa con sus estudios. Estudiaba música
en la academia de Juan Bautista
Plaza. Aquí conoció a la soprano Rosita del Castillo, tras enviudar de su primera esposa con la cual tuvo dos
hijos. Se casó con Rosita, y se unió a
ella en lo imposible para continuar perfeccionando su instrumento -la voz- en
una de las instituciones más renombradas de Nueva York: la Julliard School.
Actuó en numerosos teatros de los Estados Unidos y Canadá. Aquí resolvió cambiarse el nombre de Eduardo Melgar por el de Eduardo Viamonte, en homenaje a su abuela:
De manera que este último es y sigue siendo
su nombre artístico.
A pesar de que, fueron tiempos duros, en el norte le fue bien. Tenía como quien dice "el mandado hecho" cuando se le metió el
grillo de venirse de nuevo para Venezuela,
atraído por la novedad del gran
teatro que es el Teresa Carreño.
En el Teresa Carreño comenzó muy bien y llegó a
cantar Stabat Mater, una obra muy difícil de
Rossini, de corte religioso. Es una
de las obras más importantes que ha interpretado en su carrera, pero después
fue víctima de las roscas.
Tratando de romper las roscas que lo querían ahogar en Caracas, fue en
1.987, invitado a volver a su tierra natal
para ejercer él y Rosita la cátedra
de canto en el Conservatorio Antonio Lauro
recién creado por el gobernador René Silva Idrogo bajo la dirección de Pascual Fortunato. Los
gobernadores sucesores no creyeron en ese
conservatorio y le negaron los
recursos. Entonces, los muchachos del
bello canto, entre ellos, el hoy médico Carlos Pérez, en un esfuerzo por
mantener la cátedra, registraron la Fundación
amigos de la cátedra de canto de Ciudad Bolívar (Famicanto) 1.990. En
1.992 también el Museo del Teclado en Caracas, creó la cátedra de canto
"Cantamérica", donde unido a su actividad
artística; Eduardo y Rosita trabajaron
como profesores á de esas cátedras.
En
noviembre de 1997, los bolivarenses tuvieron la oportunidad de ver, sentir y
aplaudir en una de la salas de la casa
del Congreso de Angostura, el primer producto de esta cátedra. Omar Gutiérrez, rudelmis Montero, Alfredo
Bonilla, María Eugeni Briceño, Edgardo, Zoraime y Katiuska Rodríguez, Carlos Pérez, Eduardo Espinoza
ramón Gallardo, Adriana Yépez y Della Grudelle Iotta, quienes interpretaron
obras o parte de las obras de los grandes de la música culta como Mozart,
Handel, Puccini, Estévez, Moleiro y Giordani, acompañados al piano por
Sergeis Pylenkoff.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



