domingo, 5 de mayo de 2019

Henry Corradini


Buscaba en los Indios una forma ideal para vivir

En la Ciudad Bolívar, de finales de los años 40 del siglo pasado, vivía, estudiaba, creaba y trabajaba ar­dorosamente un hombre casi magro, espigado, que un día, después de la gran guerra que estremeció al mundo, abandonó la capi­tal de las Bocas del Ródano que lo vio nacer y se vino para Venezuela, país casi vecino del Mato Gro­sso brasilero del que tan­to oyó hablar en su juventud y el que algún día deseaba explorar para descubrir el mundo fabulo­so de los indios.
Pero después de tantos años en la tierra de los vene­zolanos Henry Corradini encontró lo que buscaba, una población in­dígena, interesante de la que en siete años de con­tinuo estu­dio pudo aprender.
Veinticinco mil pies de película filmados, infinidad de fotografías y un volu­minoso material de datos que luego se vertieron en  libros y revistas, pero no fue suficiente, hubo que inquirir más, aunque no fue posible, tratar de encontrar el eslabón perdido de la raza americana.
Empezó Corradini un día por los Panares y por los Makiritares, dos gru­pos étnicos con todo un cuerpo social y una filoso­fía únicos, establecidos a­caso desde milenios, y  comenzó aproximarse a los Chikanos, los indios más temibles y recelosos de, la selva gua­yanesa.
El Alto Sariapo, el Alto Cuchivero, el Erebato y el Sanemá fueron puntos fa­miliares en la vida de Hen­ry Corradini y a ellos iba durante mucho tiempo que le- quitaba a su Taller de Publicidad. Para esas excursiones, el pintor contaba con indios amigos y con su inseparable compañera  la socióloga María Eugenia Villalón, graduada precisamente en los Estados Unidos con una tesis sobe la étnea Sanemá del Alto Caura,

Una forma ideal para vivir
-Yo he estado buscando en los indios una forma ideal para vivir y la he encontrado sin poder adaptarme. Los in­dios están viviendo lo que nosotros nos empeñamos con las variadas teorías del socialismo. En su vida cotidiana aplican concep­tos que nuestros sociólo­gos buscan afanosamente para librarnos de las contradicciones e injusticias actuales -expresa Corradine mientras se mece pausa­damente en una hamaca blanca que tiene colgada en el principal cuarto de la casa que antes sirvió de sede al Grupo Cultural 17.9.
En esa casa alta, de rasgos antiguos, vive Corra­dini con María Eúgenia, rodeado de interesantes pinturas surrealistas y de esculturas creadas por su genio de artista marsellés.
En aquella casa hay lo suficiente para una vida feliz y apacible, además de pinturas, hay libros in­teresantes, luces apropiadas, una pequeña máqui­na de escribir que no se cansa, un toca-disco y un silencio tan solo pertur­bado por la lluvia y el pa­so ocasional de los auto­móviles.
El artista re-huye la fo­tografía al igual que su compañera y niega que sea sociólogo, antropólogo, arqueólogo, paleógrafo, tal vez porque no tiene tí­tulos, pero pudiera ser to­das estas especialidades reunidas porque habla de ellas con la propiedad de un especialista. La auto-didáctica a veces da va­lores superiores y más ú­tiles a la humanidad y a la ciencia y aquí pudiéra­mos estar frente a un e­jemplo.
Corradini quiere conti­nuar respondiendo nuestra pregunta. En la sociedad indígena podemos encon­trar ejemplos de vida ideales. En aquellas socie­dades aisladas de la sel­va no se comercia ni exis­te el dinero. El individuo es a la vez creador y bene­ficiario directo de sus me­dios de producción. La, ex­plotación -del hombre por el hombre es desconocida. El cacique se impone por su capacidad y manda por el ejemplo. No existe la fuerza de coerción policía­ca y la libertad individual es cosa sagrada. El egoís­mo y la injusticia no exis­ten entre los indios.

Transculturar al indio es un error
A los indios debe dejarse tal como están mientras nada mejor haya que ofrecerles. Aquella es una sociedad _que funciona bien, no hay huérfanos, ni hambrientos. Por eso nuestro entrevistado estima que transculturar al in­dio tal como se viene haciendo en Venezuela es un error porque lo hace partícipe de nuestros grandes problemas. El sistema de vida de los indios en el marco ambiental de la naturaleza, los lleva más cerca de la felicidad que la existencia alienada de aquellos infelices que ba­jo pretexto de ser "civili­zados" o "convertidos", fueron atraídos y luego a­bandonados en las zonas rurales o en los hormigue­ros urbanos de nuestra sociedad egoísta y neuró­tica Por eso, en el estado actual de las cosas lo único que puede hacerse es preservar su territorio, defenderlos de las invasiones, o continuar reduciéndolos sino dejarlos como están,
Qué le interesa
de la civilización?
—Al indio lo único que le interesa de la civiliza­ción es la escopeta y tam­bién los remedios. Siem­pre las misiones se han a­poyado en estas dos es­pecies para catequizar al indio y adaptarlo al sistema económico nuestro.
Henry Corradine,  luego de una pausa,  esboza una sonrisa  El e­goísmo y la injusticia no existen entre los indios. Y comenta que “tenemos amigos indígenas que han sido bautizados  4 veces y las cuatro veces les han puesto nombres distintos".
El indio no concibe el Infierno. El dice que el Dios del hombre es malo porque manda al hombre al infierno.
El cielo del indio es donde hay facilidad de vi­da, todo lo cual es muy lógico y realista. Su ideal es cumplir con todo que se espera de él.

Los indios llaman Torpes a los blancos
El rasgo más sobresa­liente del indio es su au­tosuficiencia para sobrevi­vir  y una sabiduría a toda prueba. El indio es inteli­gente en su medio, conser­vador y prudente, no se a­rriesga a una empresa que no puede realizar. Así co­mo el hombre civilizado ve al indio como un ser inferior porque no se a­dapta o le cuesta trabajo adaptarse al ambiente y la vida del hombre blanco, de igual manera el indio juzga al blanco cuando in­cursiona en su medio na­tural. Entonces el indio pronuncia la palabra TA­TO que en lenguaje Panare significa torpeza. Es cuando ve al hombre blanco dando traspiés en la selva  y hasta asombrándose del movimiento pendular de una hoja.

Panares
y Makiritares
Muchos años dedicó Corradini al estudio de lenguas indígenas, especialmente la Panare y la  Makiritare que son grupos étnicos de origen  Caribe y que se caracterizan por su identidad de idiomas. Estos indios viven en comunidades de 60 personas en una armonía excepcional aunque a veces el rapto de sus mujeres los pone furiosos y salen de su indignación zanjando con la muerte cualquier rivalidad. Son muy recelosos con gente de fuera porque traen enfermedades y maltratos y porque ellos como nosotros también  cuentan su historia de la época de los conquistadores. Como todos los pueblos alientan sus reencias. Creen, por lo tanto, en un ser Supremo que rige al cosmo, pero no por eso le rinden culto. Creen en la superstición para prevenir peligros. El Shamán o brujo oficia en­tre ellos como médico que es capaz por medios de yerbas y oraciones domi­nar que males físicos y que es capaz de generar y evitar influencias maléfi­cas.
Los Chikanos
En sus periódicas y fre­cuentes excursiones por los lugares habitados de Panares y Makiritares, Co­rradini ha atisbado la e­xistencia de un grupo de indígenas distintos que entre los moradores del Bajo Cuchivero son iden­tificados como indios ru­bios, de 'largo pelo y ojos azules. Fieros guerreros, temidos por las cifras tri­bus vecinas y que viven aislados en lo profundo de la selva, trashumantes, nómadas que nunca dejan rastros de sus pasos. El dialecto de estos indios es distinto y no sabe Corra­dini de dónde provienen aunque suele entrever en sus rasgos físicos, vocabos y ciertas prácticas de vida, afinidad con razas in­dígenas australianas. Se­rán estos acaso los pobla­dores más antiguos del continente? —No lo sabe­mos. No lo hemos podido estudiar a fondo porque se necesitan muchos años para conocerlos.
Para finalizar
Antes de apurar el últi­mo sorbo de un exquisito escocés servido por Vi­llalon y despedirnos bajo una noche lluviosa quisi­mos formularle a Henry Corradini cuatro últimas preguntas:
—La gente común tiene la creencia de que el indio es flojo  Es falsa esa creencia?
-El indio no es flojo.  Para probarlo, bastaría convivir con ellos y verlo con un báquiro de 50 kilos sobre el hombro caminando sin cesar kilómetros de intricada selva.  El indio es más resistente que cualquiera.  Nunca se queja. Tal vez lo tilden de de flojo porque lo que hace lo que hace fajta nada más.
—Qué persigue usted con sus estudios sobre los  indios?
—Reunir en un libro todas nuestras observaciones y darlas a conocer.  Dar a conocer una forma de  vida que se  desprecia porque la consideran inferior.  Tengo ya escrito centenares de cuartillas sobre la vi­da de los indios, dialectos y mitología y filmo una película de largo metraje. En cuatro años he filmado 25 mil pies de película y todavía no estoy satisfecho.
—Dónde cree usted, que está el origen del indio americano?
Corradini nos deja ver
dentro de la amabilidad de su conversación algunas peculiaridades australoides de los chikanos y los petroglifos hallados por él en el alto Cuchivero que tienen gran afinidad con caracteres de la antigua  cultura cretense. Corradini se atreve a ver que allí reside la sociedad ideal. Muchos sociólogos deberían inspirarse en la vida del -indio y adaptarla a nuestra sociedad.



jueves, 10 de enero de 2019

Puente sobre el Río Cuyuní


El viejo puente que cruza el Cuyuní, en la vía hacía la Gran Sabana, es indudablemente importante y atractiva obra de ingeniería que la prestigiosa revista “Estilo” atribuye a Alejandro Gustavo Eiffel, pero ¿lo es ciertamente?

-Américo Fernández-

            El puente sobre el Cuyuní tiene una historia interesante, y seguro que pocos guayaneses conocen la importancia de esa obra de la industria europea llegada a Venezuela en tiempos de la dictadura gomecista para vadear el río Guárico por El Sombrero, allá en los límites con Aragua, pero resultó tan angosto para el intenso y pesado trafico vehicular de la región que el Ministro de Obras Públicas del General Marcos Pérez Jiménez decidió suplantarlo por otro de estructura plana, y a pasar el colgante para el Cuyuní, un río guayanés que nace en la Sierra de Lema, se une con el Yuruari delante de El Dorado y va a tener a la antigua Guayana Británica a través del Venamo.
            El nuevo puente sobre el Guárico fue construido en 1956, unos 700 metros aproximadamente del puente colgante primitivo por su lado sur, para enlazar la carretera con una vía perimetral, vale decir, alejada del centro de la población de El Sombrero dentro del marco de la política de vialidad del llamado Nuevo Ideal Nacional.
            ¿Por qué no se dejó el puente primitivo?  Porque es muy angosto y se requería otro con capacidad para el tránsito pesado.  Por eso se construyó un puente plano, estructura de hierro, pero sin los atractivos del anterior que ese mismo año de 1956 fue reubicado en la región selvática de Guayana para facilitar entonces la iniciación del proyecto de construcción de la carretera El Dorado a Santa Elena de Uairén, cuyo  contrato había suscrito el Gobierno Nacional con el ingeniero Luis Entrena en 1953.  El puente colgante sobre el Cuyuní es el primero de su tipo montado en Guayana, al que le siguió el Puente Angostura sobre el Orinoco, construido decenios después por la United States Steel International, entre Punta Chacón y Playa Blanca.  Viéndolo bien, es una obra de arte que a juzgar  por un artículo publicado el 19 de febrero  de 1955 en la página de Arquitectura del “Diario de Caracas” y un reportaje de Hannia Gómez en la edición 16 de la revista “Estilo”, diseñada por Alejandro Gustavo Eiffel, creador de la famosa Torre Eiffel, de 300 metros de altura  y 1710 peldaños, levantada en el Campo de Marte y que es orgullo de París desde su inauguración con motivo de la Exposición Internacional de 1889.
Alejandro Gustavo Eiffel nació en Dijon en 1831 y falleció en 1923.  Ingeniero graduado en la Escuela de Arte y Oficios de París, fue el primero en aplicar los procedimientos de aire comprimido al fundamento de los pilares de muchos puentes de grandes ciudades europeas.  Suyo es también el marco de hierro para la Estatua de la Libertad, de Bartholdi, en el puerto de Nueva York.  Su fama es proverbial y el que se diga que en Venezuela, específicamente en Guayana, existe un puente de hierro diseñado por Eiffel, colma de expectación a quienes hasta ahora lo han ignorado y esperan el esclarecimiento cabal de la noticia.  Dice Hannia Gómez en su reportaje publicado en la revista “Estilo” que a la media noche sonó en su teléfono la voz de un desconocido que sin más preámbulos le afirmó que “El Puente es de Eiffel”.
El hombre le decía estar sentado frente a la pantalla de su computador, y que en ella tenía los planos del proyecto del puente.  Le decía “que podía apreciar  con detalle sobre todo, los montajes verticales... el problema de los esfuerzos, la tensión de los cables... había incluso fotografías que le habían llegado por el Internet a su e-mail, desde Francia.
¿Cómo era posible que los franceses supiesen de la existencia del pequeño puente sobre el Cuyuní, y tuviesen archivada la documentación gráfica completa en una central electrónica de información de monumentos históricos... cuando aquí todo no salía del terreno de lo legendario?  Y no sólo eso, respondió  pomposamente la voz.  La Embajada de Francia incluso ya ha reclamado oficialmente el puente a Venezuela, porque debe regresar, como toda obra de arte de todo maestro francés, a la nación francesa.  Tengo noticias de que incluso, ya lo están reclamando en este  momento para llevárselo, como pasó una vez con el Puente del Guanábano, que actualmente se encuentra restaurado e impecable, luego de años tirado en el Guaire, funcionando como la atracción máxima en un parque del Canadá.
Puentes robados a la patria, Puentes desmantelados bajo nuestras propias narices, ante la indiferencia nacional.  Parecían una aciaga segunda parte de la película “El Robo” de la Torre Eiffel”.  Pero, ¿Cómo se habían enterado en Francia?
Unos ingenieros de una compañía alemana que estaban construyendo el nuevo puente sobre el mismo río, se acercaron hace pocos meses con curiosidad profesional hasta el puente colgante en desuso.  Ellos dieron con la placa, y pasaron la información... y como aquí nadie lo quiere, ni se han interesado por restaurarlo...
¡Entonces era verdad!  Había que hacer algo, volar al Estado Bolívar, convocar a una rueda de prensa, alertar al Canciller, al Presidente.  Pero, primero, se necesita una prueba, tener una imagen del puente y de la placa reveladora.  La voz explicó:  lo siento, no puedo imprimir ni enviarle por fax la documentación, reconocerían en la oficina de Francia que he sido yo quien pasó la información, sería desastroso para mi reputación internacional, perdería crédito y confianza.  Es como con la fuga de obras de arte, los Picasso, los Matisse, escapando entre los países.  Esta es una obra de arte de Eiffel, entienda usted, es lo mismo, ellos la quieren, nosotros la tenemos... todo debe ser confidencial.
¿Qué quería este hombre a cambio? ¿Para qué había llamado?  Soy restaurador de obras de hierro, y si el puente se queda en Venezuela, me necesitarán.  Si se va, en cambio... Unámonos para no permitir la fuga de esta pieza monumental.
La conversación terminó.  “Nunca tuve una foto del puente, ni supe más del hombre”.  Hasta aquí la conversación (real o fábula) que sostuvo Hannia Gómez con la voz desconocida.  En El Sombrero dicen y redicen y así lo confirma a pie juntillas su cronista oficial Manuel Manrique, que el puente colgante fue inaugurado el 6 de mayo de 1930 y permaneció sobre el río Guárico hasta 1956 que el entonces Presidente de Venezuela, General Marcos Pérez Jiménez, ordenó reubicarlo en El Dorado.  Era Ministro de Comunicaciones entonces, el general Luis Felipe Llovera Páez, nativo de Ciudad Bolívar.
            Los habitantes de El Sombrero hicieron lo posible para que el puente colgante permaneciera en su lugar, no obstante, la construcción de uno nuevo.  Alegaban que bien hubiera podido quedar para el tránsito local  y de vehículos livianos, pero en contraposición se arguyó su poco tiempo de vida útil.
            Según Manrique, con quien hicimos contacto telefónico, el puente colgante fue construido en Alemania y trasladado a Venezuela para cruzarlo sobre el río Guárico a objeto de darle continuidad  a la carretera de los Llanos centrales y occidentales llevada adelante por el gobierno de Juan Vicente Gómez dentro del plan de construcción de carreteras iniciado en 1911.
            Correspondió al ingeniero Rafael Ruiz dirigir los trabajos puesto que es un puente prefabricado así como el montaje, operación que realizó junto con el maestro de obra, John Brawn, de origen trinitario.
Las características de este puente colgante traído de Alemania están descritas en las Memorias de obras Públicas de 1929.  En detalle, se trata de una obra de estructura rígida con rótulos en las bases de las torres y luz entre la mampostería  de los estribos.  La luz entre las torres es de 120 metros y 5.15 metros las distancias transversales entre las torres; 2 aceras de un metro de ancho cada una y 6 metros la anchura total útil del puente.  Posee una resistencia calculada para el paso de 2 filas de camiones de 6 toneladas o bien una aplanadora de 19 toneladas.  La medida entre los ejes de las torres es de 120 metros y los anclajes, ambos de 13 metros, están situados a 44 metros de los ejes de las torres en cada margen.  De extremo a extremo el puente tiene una longitud de 213 metros.  Si nos atenemos a una crónica sobre la ingeniería venezolana de la arquitecta Leszek Zawisza (Revista 343 CIV 1987), el puente colgante sobre el Guárico  fue diseñado, no por Eiffel, sino por el ingeniero venezolano Luis Velez, quien también diseñó el puente Libertador sobre el río Torbes, igualmente colgante.
Luis Velez fue inspector y Ministro de Obras Públicas del gobierno gomecista durante los períodos 1915-1922 y 1933-1935.  Miembro fundador y Presidente de la Academia de Ciencias, Físicas, Matemáticas y Naturales y autor de  la “Cartilla para el Cálculo de Puentes Colgantes”.
Si como dice la arquitecta Zawisza, Luis Velez diseño el puente colgante sobre el río Guárico, es posible entonces, que su construcción, puesto que estaba diseñado con torres de acero, haya sido contratada a una empresa alemana.  Entonces, ¿Cómo se llamaba esa empresa? ¿Acaso “Eifel” (con una sola f) como la meseta de 740 metros ubicada en la región alemana de Remania? Si es así, la confusión con el “Eiffel” francés pudiera venir por allí.
Para la época de Gómez se diseñaron y construyeron puentes colgantes, pero con torres de concreto, como el de Boconó, y de madera como el de Acarigua.  Las veces que se acometieron puentes con torres de hierro, había que importarlas.  El primer puente colgante con torres de madera fue construido en Venezuela por el ingeniero Alberto Lutowski, en la carretera Valencia – Puerto Cabello, en 1844.  Este ingeniero, de origen polaco, murió en Ciudad Bolívar el 16 de febrero de 1871 cuando construía el edificio destinado hoy a Centro de las Artes.
Esta es una posibilidad que nadie hasta ahora  la ha presentado y que toma fuerza cundo vemos, como lo afirma el cronista de El Sombrero, que el puente fue traído de Alemania y no de Francia.  Asimismo, cuando cotejamos el año de la muerte de Alejandro Gustavo Eiffel, ocurrida en 1923, y el montaje del puente en Venezuela en 1930.  No quiere decir, sin embargo, que el ingeniero Luis Velez no haya seguido la escuela de Eiffel en cuanto a tipología.
De todas maneras, sea o no de Eiffel, el puente colgante sobre el Cuyuní tiene un gran valor desde el punto de vista histórico y artístico, máxime si fue diseñado por un ingeniero venezolano, y  por lo tanto, merece ser restaurado y rescatado, si es posible, para ser utilizado y exhibido como atracción turística en la Gran Sabana, algo parecido a lo que se hizo con el puente caraqueño del Guanábano o “Puente de los suicidas” construido en 1884 en el cauce del Catuche y que ahora, por generosidad o negligencia nuestra, exhibe Canadá como señuelo turístico. (AF)



miércoles, 12 de septiembre de 2018

REPORTAJE         Correo del Caroni –31 de octubre de 1999
Ciudad Guayana, Domingo 31

Don Pedro Cova,
paladín
del progreso
upatense
* Lo que es San Antonio de Upata en la actualidad y lo que será siempre,
tiene mucho que ver con la obra civilizadora de don Pedro Coya, un cumanés
radicado en las promisorias tierras del Yuruari desde mediados
del siglo diecinueve
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Américo Fernández
Don Pedro Coya es la figura de mayor relevancia en la vida de Upata. Como bien dice, Angel Romero, cronista del Yocoima, la historia de este municipio debemos con­cebir-la como antes y después del mencionado personajes. Es un valor referencial inex­cusable.
Antes de la llegada de Pedro Cova en 1850 con la inmigra­ción de cumaneses, San Antonio de Upata era parte del remanente total de las Misiones del Caroní, cuya decadencia comenzó con el advenimiento de la República para darle paso a un nuevo modo de vida urbana que, en el caso de Upata, se inició con la presencia dinámica y progresista de don Pedro Cova. Él, al igual que los Alcalá, ligados al proceso libertario, está conectado con Caracas dentro de una estra­tegia política dirigida a poblar y garantizar el espa­cio. Esto lo explica la presencia de  una imprenta en el mero corazón de la selva donde había un pueblo rural de escasas letras.
Así lo cree el maestro Ángel Romero, comprometido en un trabajo de investigación, desde hace ocho años, sobre la vida y obra de don Pedro Coya. Investigación que parte de lo que da a conocer Carlos Rodríguez Jiménez en el primer volumen de su libro Upata publicado en 1965.
Quince años atrás, Romero no tenía la menor idea de quién era Pedro Coya, y no tenía porqué tenerla, pues él es caraqueño y había llegado a la tierra del Yocoima por instrucción del profesor Lucas Rafael Alvarez, enton­ces director de Educación del Estado, para fundar la Casa de la Cultura de Upata.
La única referencia cultural que tenía era María Coya y por allí comenzó después de leerse el libro del extinto diplomático Rodríguez Jiménez. Remunerado por la CVG, se fue a la antigua Nueva Andalucía, la tierra de los Coya y allí, bajo la orien­tación del cardiólogo y cro­nista José Mercedes Gómez, encontró suficiente material. Los archivos parroquiales de la iglesia Santa Inés fueron de mucha importancia, lo mismo que la información genealógica de Iturriza Guillén. Halló que el primer Coya llegó a Cumaná en 1818 y se llamaba Ascanio y don Pedro Coya, su descen­diente, era compadre de Pedro José Rojas, periodista que bautizó a su hija mayor ycon el cual había hecho una sociedad en 1843 para fundar una imprenta  y editar el Manzanares, semanario político.
     En dicha imprenta de imprimió el Manifiesto de Cumaná  con el cual se adiere públicamente  la provincia a la candidatura de Santiago Mariño, opuesta  a la elecciones de 1834 a la del doctor José Maria Vargas, respaldada desde  l gobierno por el Presidenciales de José Antonio Páez.
Al año siguiente funda la Revista Oriental en la que hilvana toda una crónica uni­versal, haciendo un recorrido por el mundo político e inte­lectual de Europa. Entonces funda el primer teatro que tuvo Cumaná.
Los orientales lanzan en 1846 la candidatura a la Presidencia de la República del general José Tadeo Monagas y don Pedro Coya, como miembro del Partido Conservador, es designado para promoverla en Barcelona, donde con ese fin funda dos periódicos, La Profecía y El Pendón.
Monagas resulta victorioso, pero luego se produce un fenómeno político y es que los Conservadores que lo lle­van al poder se manifiestan descontentos por ciertas con­ductas y comienzan a blo­quear su gestión por lo que se ve obligado a recibir el apoyo de los liberales liberados por Antonio Leocadio Guzmán y una parte de los conservado­res fieles a Monagas, entre ellos, don Pedro Cova, se ins­criben en el Partido Liberal, pero ya Cumaná ni Barcelona son ambientes propicios para su nueva posición. Entonces mira hacia Guayana, donde finalmente se radica no sólo con la familia sino con todos sus haberes políticos, inclu­yendo los circunstanciales, que hacen de él en la tierra del oro y del diamante un valor público importante, pero en la plaza de Angostura sobran los políticos de renombre, entonces asume su condición de representante del Departamento Upata, en cuya jurisdicción (Puerto de Tablas) ha fomentado una hacienda ganadera con el nombre de El Rosal y más tarde fundará otra llamada El Morichal.
En 1856 ya es diputado pro­vincial y tras la victoria de la Guerra Federal y la declara­ción de Guayana como Estado Soberano, tiene su puesto asegurado en la Asamblea Constituyente que llega a presidir durante uno de los lapsos de rotación (1864). Concluidas las deli­beraciones, asume la presi­dencia del Concejo Municipal del Departamento Upata, responsabilidad que ejerce durante cinco períodos y es cuando, podemos decir, que Upata aclara su camino hacia un desarrollo urbano donde entran en juego la explotación de los ricos yaci­mientos auríferos de Nueva Providencia, distrito del departamento, y la recia voluntad y espíritu de empresa de un hombre que tiene perfectamente claro el concepto de ser político.


LOS PRIMERO CAMINOS
Guayana para esos tempos era selva y ríos.  La comunicación realmente demorada  y difícil.  Lo más rápido y fluido tenía lugar  a través de ls rutas fluviales.  No había siquiera caminos que salvaran a los pueblos del aislamiento y el atraso. Upata, la capital de un departamento político-territorial que iba -desde Puerto de Tablas hasta Nueva Providencia, estaba entre esos pueblos y de allí la preocupación de Pedro Coya por construir caminos pues de ellos iba a depender en mucho la vida social y econó­mica de Upata. De manera que aprovecha la llegada de un hombre civilista y progre­sista como lo fue Juan Bautista Dalla Costa a la pre­sidencia del Estado y le plan­tea la necesidad de empren­der cuanto ante la construc­ción de camino para sustituir las viejas trillas de los capu­chinos y expedicionarios del oro. El Gobierno es receptivo y con su venia establece una compañía, en sociedad con Tomás Gutiérrez y Sandalio Alcalá, que traza y construye los primeros caminos desde San Félix a Nueva Providencia.

LA ÉPOCA DEL ORO
La primera mitad del siglo diecinueve se presenta pro­misoria para Upata, pues en Caratal y El Callao del distri­to Nueva Providencia, el oro que tanto buscaron inútil­mente los hispanos, aflora cuando el Yuruari se desbor­da y también desde profun­dos barrancos siguiendo el curso de sorprendentes vetas cuarzosas. Hay oro para rato, pero no para todo el que llega con la ambición como pobre­za en sus alforjas. Don Pedro Coya es de los primeros inte­resados y se convierte en accionista junto con sus hijos de su propia empresa aurífe­ra. Tiene todo a su favor, pero también el departamento donde actúa como primera autoridad edilicia. El oro que llega a las manos de don Pedro Coya alcanza no sólo para su lucro sino también para de alguna manera ir reconstruyendo a la Upata que parecía estancada en los predios de un ruralismo monótono y sin vitales espe­ranzas.
Carlos Rodríguez Jiménez dice en su libro Upata que las primeras muestras del materi­al de cuarzo que tomó don Pedro Coya de sus minas en El Callao, fueron enviadas a Nueva York, París, Londres y Hamburgo, y los cuatro labo­ratorios que las examinaron coincidieron en acusar lo que hasta entonces nunca se había visto en una mina de veta en el mundo: cincuenta onzas de oro por tonelada de material aurífero. Las mejores minas de la época daban, como máximo, cuatro onzas por tonelada.     Las      acciones comenzaron inmediatamente a subir de valor  y en la Bolsa de Valores de Wall Streed de Nueva York llegaron a cotizarse al 1 por  4000 en relación a su valor de emisión y como don Pero cova era uno de los principales accionistas, su prestigio  y prestancia en la región  y fuera del país, crecieron enormemente y se convirtió en mecenas de san Antonio de Upata.
Impulsa el desarrollo urbano y da apoyo y calor a un movi­miento de inquietudes cultu­rales e intelectuales que des­emboca en un hermoso teatro donde se montaban casi siempre las mismas obras escenificadas en el Teatro de Ciudad Bolívar. Este teatro, el primero que tuvo Upata, estuvo situado en el sitio conocido como El Escombro y donde funciona el Colegio de Monjas. Una Sociedad Dramática de Beneficencia impulsa otras obras de utili­dad pública como la del Cementerio Católico cuya piedra angular fue colocada el 25 de octubre de 1863.
En 1876, siendo Presidente de Estado, designado, ordena un estudio histórico-geográfi­co sobre el distrito que orien­ta el proceso de transforma­ción de Upata. Impulsa nota­blemente la agricultura y la ganadería. Funda una Biblioteca Pública; construye el primer acueducto, toman­do el agua desde el Cerro Guacarapo. Contrata para Upata profesores procedentes de la Capital de la República y de países extranjeros. Funda la Academia de Historia con un grupo de amigos aficionados a es disciplina e introduce la imprenta, una The Washington Press la cual adquirió en Cumaná y fue traída a Guayana a través de grandes dificultades, por mar, río y finalmente a lomo de mula.  En ella, don Pedro inició la etapa de periodismo upatense con el semanario El Guaica en 1858  y del cual fue  su fundador y director.

FUNDADOR
DE UNA FAMILIA
INTELECTUAL

La obra de don Pedro Cova, nacido en Cumaná en 1804 y fallecido en Upata el primero de septiembre de 1885 la continuó su familia, muy inclinada a la música y a las letras. Casado con la cuma­nesa Isabel Pérez, bella dama de talento musical, tuvo tres varones y una hembra: Eugenio, Andrés, Pérez y Rita, quienes tuvieron desta­cada actuación en la vida intelectual y cultural de Upata. Eugenio, por ejemplo, se educó en París y realizó cursos de piano y violonce­llo, en cuyos instrumentos tuvo destacada actuación tanto corno ejecutante y com­positor.
Eugenio y Andrés publica­ron en la imprenta traída por su padre desde Cumaná, un semanario, El Promotor, de literatura e intereses genera­les, y más tarde El Caroní, hebdomadario de crítica y literatura.

BUEN CIUDADANO
Y SERVIDOR DEL ESTADO

La Asamblea Legislativa del Estado Bolívar  en reconocimiento de su obra social, política, cultural y económica, lo declaró “buen ciudadano  y Leal servidor del Estado. Posteriormente, en la División Político  territorial del Estado.  Se le dio su nombre al Municipio El Manteco y como buen masón de su tiempo  la Logia N° 28 de Upata adoptó su nombre. El doctor Carlos Rodríguez Jiménez, quien además de diplomático era escritor y poeta, retrata al personaje en este soneto: "Varón digno de lauros inmortales / paladín del progreso y del derecho / fue la ambición constante de tu pecho / hacer el bien y erradicar los males / Mecenas de mil nobles ideales / por todo el bien que en nuestra tierra has hecho / tu nombre en letras de oro y a despecho / del tiempo se conserva en sus anales / Por haberla hecho culta y laboriosa / Upata agradecida a tu memo­ria / consagra su alabanza más hermosa / Y unida a ella verá la Historia / coronada tu frente luminosa / con los rayos más puros de la gloria". El homenaje permanente de reconocimiento a don Pedro Coya habrá de continuar 'ffluy pronto cuando la Editorial Predio que dirige el poeta Pedro Suárez, edite el libro sobre la vida y obra de este personaje y que desde hace ocho años viene preparando con afán casi fanático el cole­ga Ángel Romero, caraqueño casado con una caicarense y adoptado por Upata desde los años sesenta cuando llevado de la mano por el profesor ex presidente de la Asamblea Legislativa, Lucas Rafael Álvarez, ingresó a aquel valle rodeado de colinas para fun­dar la Casa de la Cultura María Coya, de una actividad efervescente como pocas en Venezuela.




o


jueves, 4 de enero de 2018

Enmantillado y en un cementerio nació Andrés Velásquez


Andrés Velásquez nació sobre una tumba del viejo cementerio de Puerto La Cruz, el décimo día de noviembre del 53, bajo la regencia de Plutón, dios de los muertos ¡Qué casualidad!  entre escorpiones que hicieron mutis para que pudiera actuar la Comadrona partera que entonces perseguían las onzas del perezjime­nisino. La Seguridad Nacional no creía en brujos, curanderos ni comadronas, Los perse­guía a palo limpio.
Sobre aquella loza lapidaria nació el niño y su primer vagido fue como un ensayo para despertar a los que permanecen dormidos, ajenos a toda realidad substancial. Y hay algo más de aquel acontecimiento impregnado de húmedo salitre y es que el niño nació "eninanti­liado" vale decir, con una especie de túnica que le cubría la cara. Membrana como una capa que según los científicos viene dada por la secreción que se da en el canal vaginal después que el feto abandona el saco amniótico, pero que la creencia popular le atribuye mágica excepcionalidad en cuanto que da suerte en la vida, especialmente cuando la dicha membrana es arrojada después al mar.
Porque nació enmantillado sus partidarios  creen que Andrés Velásquez, dará más de una sorpresa, aunque se dice que él se siente ennantillado al revés porque es mucha la borrasca que lo ha estremecido desde entonces. Puerto La Cruz, Cantaura, Anaco, El Tigrito y , el campo petrolero de Merecuán son testigos de una infancia llena de avatares. Después de nuevo la ciudad del mar vio emerger su adolescencia entre textos de electrotecnia pues quería ser electricista como aquellos hombres magros y curtidos de su pueblo que se deslizaban como arañas entre las redes del alumbrado público. El quería subir esos postes que termi­naban en cruces y mirar el cielo desde lo alto, sentir el relámpago y el trueno en medio de la tempestad.
No pudo continuar estudiando electricidad en la Escuela Técnica de Puerto La Cruz, porque !ido directivo del Centro de Estudiantes lo ó el "Darlings" de la política y ya mas nunca bajó la fiebre. Todo comenzó cuando en la escuela Técnica de Los Chaguarainos en Cara­cas la policía dió muerte al estudiante Mendoza ti. Recuerda que había resistencia para salir la calle a protestar y él con un cachete 'anestesiado tras haberle extraído una pieza el odontólogo en la misma Escuela, arengó al estudiantado y como Enrique Caruso en Nueva York cantando "L Judía" la boca se le llenó de Isangre y su grito y la sangre caldearon los ánimos y pronto en la calle estalló la tempestad.

Siendo directivo del Centro de Estudiantes lo extrañaron por agitador a raíz de la muerte de Mendoza Rati, estudiante de la ETI de Caracas. Le dieron oportunidad de poder continuar los estudios en la de San Félix de Guayana, pero de allí igualmente lo expulsaron y debió proseguir en la ETI de Cumaná, donde corrió la misma suerte a causa de El Tábano, un travieso periodiquito que le zumbaba en las sienes al Director. Al final lo quedó sino la alternativa de ponerse a trabajar para no estar de ocioso y apaciguar la mortificación paternal.
         Empezó trabajando como obrero en la Fábrica de Cemento de Pertigalete y allí su jefe inmediato lo sorprendió al poco tiempo con hojas clandestinas. San Félix de Guayana fue de nuevo su destino para graduarse, ya no de electricista, sino de Luchador Social en la Planta Siderúrgica de Matanzas, cuando apenas tenía 19 años (1972).
         Empezó trabajando en los muelles de la Planta y al cabo de cinco meses le impusieron como castigo trabajar en la Fábrica de Tubos que es área más fuerte, casi infernal de Sidor. La falta virtual había sido su intervención en El Portón (1974) a favor de la Plancha de Movimiento Matancero que revertirá luego en lo que es  La Causa R.   
. De suerte que el adagio según el cual "no hay mal que por bien no venga" se hizo verdad con ese movimiento que logró unir los trabajadores en torno a una bien definida propuesta de lucha a favor del bienestar y seguridad que está obligado para ellos la empresa del estado venezolano. Ese movimiento matancero que después fue la Causa-R, lo llevó a la presidencia de Sindicato Único de Trabajado­res de la Industria Siderúrgica y Similares (SUTISS) el 23 de noviembre de 1979 con un triunfo electoral realmente aplastante que humi­lló en forma imperdonable a todos los partidos representados en varias planchas. El Expreso de la Tarde tituló asi: "Arrasó Causa-R, en Sutiss. Andrés Velásquez nuevo líder de los sidoristas. La Plancha de los Matanceros-Causa R había garantizado esta mañana 7 de los once cargos directivos".
El disgusto de Fetrametal, la CTV y Fetrabolí­var, fue palpable. Ni un solo representante de ellos asistió a la toma de posesión el 10 de diciembre como hasta entonces había sido habitual y obligatorio tratándose de un proceso honesto y democrático. Comenzaba la guerra que tenia corno objetivo estrangular al naciente movimiento. Es lo que cuenta Andrés Velásquez en el libro biográfico que le escribió Farruco en forma de entrevista, publicado el año pasado por Ediciones Agua Mansa y bautizado recientemen­te en la Galería Bicentenaria.
Se hilaron las provocaciones dentro de un siniestro juego montado por Fetrametal en convivencia con quienes desde entonces han manejado la Planta Siderúrgica y a pesar de que nunca se cayó en tales provocaciones se conjugaron los intereses de los partidos despla­zados y quienes controlan Fetrametal desde "tiempo inmemorial" lograron lo que preten­dían, arrebatarles la discusión y decisión del Contrato colectivo de trabajo y firmarlo, no a la medida de las aspiraciones de los trabajadores sino a la medida de los intereses de la empresa. Un contrato al fin que no reflejaba los plantea­mientos fundamentales, entre ellos, la reducción a 40 horas de la semana de trabajo.       ,
Tras la firma del contrato, amparada por un Referendum al final amañado pues solo votaron 92 de los 17 mil obreros de la planta, vino la intervención de la Directiva del Sindicato en noviembre del 81. todavía continúa intervenido porque siempre han temido que unas nuevas elecciones libérrimas, por supuesto, ponga el sindicato en manos de los matanceros.
Cuenta Velásquez en el libro de Farruco que Ildefonso Díaz, miembro del Directorio de la Siderúrgica, encabezaba la Junta Interventora del Sindicato. Así estaban las cosas. "Entonces el movimiento esperaba que nosotros lanzase­mos un conflicto. Pero era diciembre, sabíamos lo que había por delante, y conocimos que se queda aprovechar la oportunidad para quebrar­le la cabeza o el espinazo a ese movimiento tan interesante. Y los obreros siempre nos habían dicho: "Compañeros, nada de huelga". Los representantes del GAR, de la Liga, del CLP y un mirista quinta columna, aspiraban a que -fuése- mos a un conflicto. No quisimos. Si había un precio que pagar lo pagaríamos nosotros, no quisimos arriesgar el movimiento. Así fueron las cosas. Hubo por un tiempo dos juntas, la interventora y la de nosotros, la impuesta por las mafias sindicales y la electa legítimamente por los trabajadores. Un día el presidente de Sidor, Guillermo Briceño, clausuró con soldadura la entrada al Sindicato, nos secuestraron lo que teníamos adentro. Al poco tiempo nos llamó a trabajar. Algún directivo no quiso ir, pero nosotros pensamos que el hecho de ir a trabajar no menoscaba nuestra condición de dirigente. Una vez más tomamos aquello que venía como un castigo y lo convertíamos en un factor de utilidad, de manera tal que con el trabajo podíamos tener una relación más directa con el movimiento...y la gente encantada, porque yo salía de mi trabajo y diariamente se organizaba un acto en el Portón y hablábamos Tello y yo. Salíamos a las tres de la tarde de nuestro turno de trabajo y nos quedábamos en el Portón atendiendo los reclamos sindicales. Seguíamos funcionando como sindicato sin sede, allí en el Portón de la Siderúrgica. Y bueno, ya esta gente viendo que tampoco por esa vía podía con nosotros, tomaron finalmente la decisión de despedirnos de manera ilegal, que es el litigio que presentarnos ante la Corte Suprema de Justicia".
Por detrás de ese movimiento matancero estuvo siempre presente la figura de Alfredo Maneiro de quien nunca Andrés Velásquez aprendió lo suficiente porque creía que sería longevo para terminar de aprender todo lo que le falta. Alfredo fue el mentor, el artífice, el pensamiento activo, cautivador y distinto, quien lo fue modelando a su imagen y semejanza. Hechura de Alfredo Maneiro puede decir Andrés Velásquez que es. Alfredo, un ex-comandante guerrillero que bajó de la montaña convencido de su error y que luego abandonó las filas del PCV, que estuvo como tantos otros acariciando el proyecto original del MAS para terminar fundando lo que fue inicialmente "Venezuela 83" y luego Causa-R, era filósofo y profesor en la Escuela de Periodismo de la UCV, un hombre extraordinariamente sencillo, tolerante, de gran calidad y calidez humanas, dotado de una magia especial para ganarse a la gente, excelente expositor, recio y duro en la polémica, prepara­do- para sortear los más difíciles momentos. Alfredo Maneiro sentía ainor muy especial por Guayana y sostenia siempre que "la primera tarea de la clase obrera venezolana era comen­zar reconociendo a la clase obrera de Guayana corno vanguardia y, de Guayana especialmente, a los trabajadores siderúrgicos".
No pudo Alfredo ver su obra concluida, sino apenas comenzando, dando los primeros pasos, porque murió a poco tiempo de las elecciones del 83. Su muerte resultó un duro golpe para la organización y Jorge Olavarría que debía ser el candidato presidencial, renunció a menos de un mes antes de que se venciera el plazo para presentar a los candidatos ante el Consejo Supremo Electoral. De suerte que la Causa-R decidió elegir en medio de la emergencia un candidato propio y designó a Andrés Velásquez, un trabajador de 30 años de edad, el candidato más joven de toda la historia, sin experiencia en esas lides, sin ninguna posibilidad, pero que demostró ser en el trayecto de la campaña un digno representante de los obreros. Recorrió a Venezuela en autobús y si alguna vez viajó en avión fue porque el General Alvarez Seria le regaló los pasajes. Recuerda él que luego de un programa televisivo, sus entrevistadores Sofía y Carlos Rangel lo vieron empujando el destarta­lado Volskwagen que le habían prestado y ella, Sofía, le gritó desde su Mercedes Benz: "Empu­je candidato" y el candidato no sólo empujó y pujó sino que asustó. Por lo menos en Ciudad Guayana asustó a todos los partidos, incluyendo a AD, quien todavía no ha podido responder inteligentemente a esa interrogante que es la Causa-R.