miércoles, 12 de septiembre de 2018

REPORTAJE         Correo del Caroni –31 de octubre de 1999
Ciudad Guayana, Domingo 31

Don Pedro Cova,
paladín
del progreso
upatense
* Lo que es San Antonio de Upata en la actualidad y lo que será siempre,
tiene mucho que ver con la obra civilizadora de don Pedro Coya, un cumanés
radicado en las promisorias tierras del Yuruari desde mediados
del siglo diecinueve
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Américo Fernández
Don Pedro Coya es la figura de mayor relevancia en la vida de Upata. Como bien dice, Angel Romero, cronista del Yocoima, la historia de este municipio debemos con­cebir-la como antes y después del mencionado personajes. Es un valor referencial inex­cusable.
Antes de la llegada de Pedro Cova en 1850 con la inmigra­ción de cumaneses, San Antonio de Upata era parte del remanente total de las Misiones del Caroní, cuya decadencia comenzó con el advenimiento de la República para darle paso a un nuevo modo de vida urbana que, en el caso de Upata, se inició con la presencia dinámica y progresista de don Pedro Cova. Él, al igual que los Alcalá, ligados al proceso libertario, está conectado con Caracas dentro de una estra­tegia política dirigida a poblar y garantizar el espa­cio. Esto lo explica la presencia de  una imprenta en el mero corazón de la selva donde había un pueblo rural de escasas letras.
Así lo cree el maestro Ángel Romero, comprometido en un trabajo de investigación, desde hace ocho años, sobre la vida y obra de don Pedro Coya. Investigación que parte de lo que da a conocer Carlos Rodríguez Jiménez en el primer volumen de su libro Upata publicado en 1965.
Quince años atrás, Romero no tenía la menor idea de quién era Pedro Coya, y no tenía porqué tenerla, pues él es caraqueño y había llegado a la tierra del Yocoima por instrucción del profesor Lucas Rafael Alvarez, enton­ces director de Educación del Estado, para fundar la Casa de la Cultura de Upata.
La única referencia cultural que tenía era María Coya y por allí comenzó después de leerse el libro del extinto diplomático Rodríguez Jiménez. Remunerado por la CVG, se fue a la antigua Nueva Andalucía, la tierra de los Coya y allí, bajo la orien­tación del cardiólogo y cro­nista José Mercedes Gómez, encontró suficiente material. Los archivos parroquiales de la iglesia Santa Inés fueron de mucha importancia, lo mismo que la información genealógica de Iturriza Guillén. Halló que el primer Coya llegó a Cumaná en 1818 y se llamaba Ascanio y don Pedro Coya, su descen­diente, era compadre de Pedro José Rojas, periodista que bautizó a su hija mayor ycon el cual había hecho una sociedad en 1843 para fundar una imprenta  y editar el Manzanares, semanario político.
     En dicha imprenta de imprimió el Manifiesto de Cumaná  con el cual se adiere públicamente  la provincia a la candidatura de Santiago Mariño, opuesta  a la elecciones de 1834 a la del doctor José Maria Vargas, respaldada desde  l gobierno por el Presidenciales de José Antonio Páez.
Al año siguiente funda la Revista Oriental en la que hilvana toda una crónica uni­versal, haciendo un recorrido por el mundo político e inte­lectual de Europa. Entonces funda el primer teatro que tuvo Cumaná.
Los orientales lanzan en 1846 la candidatura a la Presidencia de la República del general José Tadeo Monagas y don Pedro Coya, como miembro del Partido Conservador, es designado para promoverla en Barcelona, donde con ese fin funda dos periódicos, La Profecía y El Pendón.
Monagas resulta victorioso, pero luego se produce un fenómeno político y es que los Conservadores que lo lle­van al poder se manifiestan descontentos por ciertas con­ductas y comienzan a blo­quear su gestión por lo que se ve obligado a recibir el apoyo de los liberales liberados por Antonio Leocadio Guzmán y una parte de los conservado­res fieles a Monagas, entre ellos, don Pedro Cova, se ins­criben en el Partido Liberal, pero ya Cumaná ni Barcelona son ambientes propicios para su nueva posición. Entonces mira hacia Guayana, donde finalmente se radica no sólo con la familia sino con todos sus haberes políticos, inclu­yendo los circunstanciales, que hacen de él en la tierra del oro y del diamante un valor público importante, pero en la plaza de Angostura sobran los políticos de renombre, entonces asume su condición de representante del Departamento Upata, en cuya jurisdicción (Puerto de Tablas) ha fomentado una hacienda ganadera con el nombre de El Rosal y más tarde fundará otra llamada El Morichal.
En 1856 ya es diputado pro­vincial y tras la victoria de la Guerra Federal y la declara­ción de Guayana como Estado Soberano, tiene su puesto asegurado en la Asamblea Constituyente que llega a presidir durante uno de los lapsos de rotación (1864). Concluidas las deli­beraciones, asume la presi­dencia del Concejo Municipal del Departamento Upata, responsabilidad que ejerce durante cinco períodos y es cuando, podemos decir, que Upata aclara su camino hacia un desarrollo urbano donde entran en juego la explotación de los ricos yaci­mientos auríferos de Nueva Providencia, distrito del departamento, y la recia voluntad y espíritu de empresa de un hombre que tiene perfectamente claro el concepto de ser político.


LOS PRIMERO CAMINOS
Guayana para esos tempos era selva y ríos.  La comunicación realmente demorada  y difícil.  Lo más rápido y fluido tenía lugar  a través de ls rutas fluviales.  No había siquiera caminos que salvaran a los pueblos del aislamiento y el atraso. Upata, la capital de un departamento político-territorial que iba -desde Puerto de Tablas hasta Nueva Providencia, estaba entre esos pueblos y de allí la preocupación de Pedro Coya por construir caminos pues de ellos iba a depender en mucho la vida social y econó­mica de Upata. De manera que aprovecha la llegada de un hombre civilista y progre­sista como lo fue Juan Bautista Dalla Costa a la pre­sidencia del Estado y le plan­tea la necesidad de empren­der cuanto ante la construc­ción de camino para sustituir las viejas trillas de los capu­chinos y expedicionarios del oro. El Gobierno es receptivo y con su venia establece una compañía, en sociedad con Tomás Gutiérrez y Sandalio Alcalá, que traza y construye los primeros caminos desde San Félix a Nueva Providencia.

LA ÉPOCA DEL ORO
La primera mitad del siglo diecinueve se presenta pro­misoria para Upata, pues en Caratal y El Callao del distri­to Nueva Providencia, el oro que tanto buscaron inútil­mente los hispanos, aflora cuando el Yuruari se desbor­da y también desde profun­dos barrancos siguiendo el curso de sorprendentes vetas cuarzosas. Hay oro para rato, pero no para todo el que llega con la ambición como pobre­za en sus alforjas. Don Pedro Coya es de los primeros inte­resados y se convierte en accionista junto con sus hijos de su propia empresa aurífe­ra. Tiene todo a su favor, pero también el departamento donde actúa como primera autoridad edilicia. El oro que llega a las manos de don Pedro Coya alcanza no sólo para su lucro sino también para de alguna manera ir reconstruyendo a la Upata que parecía estancada en los predios de un ruralismo monótono y sin vitales espe­ranzas.
Carlos Rodríguez Jiménez dice en su libro Upata que las primeras muestras del materi­al de cuarzo que tomó don Pedro Coya de sus minas en El Callao, fueron enviadas a Nueva York, París, Londres y Hamburgo, y los cuatro labo­ratorios que las examinaron coincidieron en acusar lo que hasta entonces nunca se había visto en una mina de veta en el mundo: cincuenta onzas de oro por tonelada de material aurífero. Las mejores minas de la época daban, como máximo, cuatro onzas por tonelada.     Las      acciones comenzaron inmediatamente a subir de valor  y en la Bolsa de Valores de Wall Streed de Nueva York llegaron a cotizarse al 1 por  4000 en relación a su valor de emisión y como don Pero cova era uno de los principales accionistas, su prestigio  y prestancia en la región  y fuera del país, crecieron enormemente y se convirtió en mecenas de san Antonio de Upata.
Impulsa el desarrollo urbano y da apoyo y calor a un movi­miento de inquietudes cultu­rales e intelectuales que des­emboca en un hermoso teatro donde se montaban casi siempre las mismas obras escenificadas en el Teatro de Ciudad Bolívar. Este teatro, el primero que tuvo Upata, estuvo situado en el sitio conocido como El Escombro y donde funciona el Colegio de Monjas. Una Sociedad Dramática de Beneficencia impulsa otras obras de utili­dad pública como la del Cementerio Católico cuya piedra angular fue colocada el 25 de octubre de 1863.
En 1876, siendo Presidente de Estado, designado, ordena un estudio histórico-geográfi­co sobre el distrito que orien­ta el proceso de transforma­ción de Upata. Impulsa nota­blemente la agricultura y la ganadería. Funda una Biblioteca Pública; construye el primer acueducto, toman­do el agua desde el Cerro Guacarapo. Contrata para Upata profesores procedentes de la Capital de la República y de países extranjeros. Funda la Academia de Historia con un grupo de amigos aficionados a es disciplina e introduce la imprenta, una The Washington Press la cual adquirió en Cumaná y fue traída a Guayana a través de grandes dificultades, por mar, río y finalmente a lomo de mula.  En ella, don Pedro inició la etapa de periodismo upatense con el semanario El Guaica en 1858  y del cual fue  su fundador y director.

FUNDADOR
DE UNA FAMILIA
INTELECTUAL

La obra de don Pedro Cova, nacido en Cumaná en 1804 y fallecido en Upata el primero de septiembre de 1885 la continuó su familia, muy inclinada a la música y a las letras. Casado con la cuma­nesa Isabel Pérez, bella dama de talento musical, tuvo tres varones y una hembra: Eugenio, Andrés, Pérez y Rita, quienes tuvieron desta­cada actuación en la vida intelectual y cultural de Upata. Eugenio, por ejemplo, se educó en París y realizó cursos de piano y violonce­llo, en cuyos instrumentos tuvo destacada actuación tanto corno ejecutante y com­positor.
Eugenio y Andrés publica­ron en la imprenta traída por su padre desde Cumaná, un semanario, El Promotor, de literatura e intereses genera­les, y más tarde El Caroní, hebdomadario de crítica y literatura.

BUEN CIUDADANO
Y SERVIDOR DEL ESTADO

La Asamblea Legislativa del Estado Bolívar  en reconocimiento de su obra social, política, cultural y económica, lo declaró “buen ciudadano  y Leal servidor del Estado. Posteriormente, en la División Político  territorial del Estado.  Se le dio su nombre al Municipio El Manteco y como buen masón de su tiempo  la Logia N° 28 de Upata adoptó su nombre. El doctor Carlos Rodríguez Jiménez, quien además de diplomático era escritor y poeta, retrata al personaje en este soneto: "Varón digno de lauros inmortales / paladín del progreso y del derecho / fue la ambición constante de tu pecho / hacer el bien y erradicar los males / Mecenas de mil nobles ideales / por todo el bien que en nuestra tierra has hecho / tu nombre en letras de oro y a despecho / del tiempo se conserva en sus anales / Por haberla hecho culta y laboriosa / Upata agradecida a tu memo­ria / consagra su alabanza más hermosa / Y unida a ella verá la Historia / coronada tu frente luminosa / con los rayos más puros de la gloria". El homenaje permanente de reconocimiento a don Pedro Coya habrá de continuar 'ffluy pronto cuando la Editorial Predio que dirige el poeta Pedro Suárez, edite el libro sobre la vida y obra de este personaje y que desde hace ocho años viene preparando con afán casi fanático el cole­ga Ángel Romero, caraqueño casado con una caicarense y adoptado por Upata desde los años sesenta cuando llevado de la mano por el profesor ex presidente de la Asamblea Legislativa, Lucas Rafael Álvarez, ingresó a aquel valle rodeado de colinas para fun­dar la Casa de la Cultura María Coya, de una actividad efervescente como pocas en Venezuela.




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jueves, 4 de enero de 2018

Enmantillado y en un cementerio nació Andrés Velásquez


Andrés Velásquez nació sobre una tumba del viejo cementerio de Puerto La Cruz, el décimo día de noviembre del 53, bajo la regencia de Plutón, dios de los muertos ¡Qué casualidad!  entre escorpiones que hicieron mutis para que pudiera actuar la Comadrona partera que entonces perseguían las onzas del perezjime­nisino. La Seguridad Nacional no creía en brujos, curanderos ni comadronas, Los perse­guía a palo limpio.
Sobre aquella loza lapidaria nació el niño y su primer vagido fue como un ensayo para despertar a los que permanecen dormidos, ajenos a toda realidad substancial. Y hay algo más de aquel acontecimiento impregnado de húmedo salitre y es que el niño nació "eninanti­liado" vale decir, con una especie de túnica que le cubría la cara. Membrana como una capa que según los científicos viene dada por la secreción que se da en el canal vaginal después que el feto abandona el saco amniótico, pero que la creencia popular le atribuye mágica excepcionalidad en cuanto que da suerte en la vida, especialmente cuando la dicha membrana es arrojada después al mar.
Porque nació enmantillado sus partidarios  creen que Andrés Velásquez, dará más de una sorpresa, aunque se dice que él se siente ennantillado al revés porque es mucha la borrasca que lo ha estremecido desde entonces. Puerto La Cruz, Cantaura, Anaco, El Tigrito y , el campo petrolero de Merecuán son testigos de una infancia llena de avatares. Después de nuevo la ciudad del mar vio emerger su adolescencia entre textos de electrotecnia pues quería ser electricista como aquellos hombres magros y curtidos de su pueblo que se deslizaban como arañas entre las redes del alumbrado público. El quería subir esos postes que termi­naban en cruces y mirar el cielo desde lo alto, sentir el relámpago y el trueno en medio de la tempestad.
No pudo continuar estudiando electricidad en la Escuela Técnica de Puerto La Cruz, porque !ido directivo del Centro de Estudiantes lo ó el "Darlings" de la política y ya mas nunca bajó la fiebre. Todo comenzó cuando en la escuela Técnica de Los Chaguarainos en Cara­cas la policía dió muerte al estudiante Mendoza ti. Recuerda que había resistencia para salir la calle a protestar y él con un cachete 'anestesiado tras haberle extraído una pieza el odontólogo en la misma Escuela, arengó al estudiantado y como Enrique Caruso en Nueva York cantando "L Judía" la boca se le llenó de Isangre y su grito y la sangre caldearon los ánimos y pronto en la calle estalló la tempestad.

Siendo directivo del Centro de Estudiantes lo extrañaron por agitador a raíz de la muerte de Mendoza Rati, estudiante de la ETI de Caracas. Le dieron oportunidad de poder continuar los estudios en la de San Félix de Guayana, pero de allí igualmente lo expulsaron y debió proseguir en la ETI de Cumaná, donde corrió la misma suerte a causa de El Tábano, un travieso periodiquito que le zumbaba en las sienes al Director. Al final lo quedó sino la alternativa de ponerse a trabajar para no estar de ocioso y apaciguar la mortificación paternal.
         Empezó trabajando como obrero en la Fábrica de Cemento de Pertigalete y allí su jefe inmediato lo sorprendió al poco tiempo con hojas clandestinas. San Félix de Guayana fue de nuevo su destino para graduarse, ya no de electricista, sino de Luchador Social en la Planta Siderúrgica de Matanzas, cuando apenas tenía 19 años (1972).
         Empezó trabajando en los muelles de la Planta y al cabo de cinco meses le impusieron como castigo trabajar en la Fábrica de Tubos que es área más fuerte, casi infernal de Sidor. La falta virtual había sido su intervención en El Portón (1974) a favor de la Plancha de Movimiento Matancero que revertirá luego en lo que es  La Causa R.   
. De suerte que el adagio según el cual "no hay mal que por bien no venga" se hizo verdad con ese movimiento que logró unir los trabajadores en torno a una bien definida propuesta de lucha a favor del bienestar y seguridad que está obligado para ellos la empresa del estado venezolano. Ese movimiento matancero que después fue la Causa-R, lo llevó a la presidencia de Sindicato Único de Trabajado­res de la Industria Siderúrgica y Similares (SUTISS) el 23 de noviembre de 1979 con un triunfo electoral realmente aplastante que humi­lló en forma imperdonable a todos los partidos representados en varias planchas. El Expreso de la Tarde tituló asi: "Arrasó Causa-R, en Sutiss. Andrés Velásquez nuevo líder de los sidoristas. La Plancha de los Matanceros-Causa R había garantizado esta mañana 7 de los once cargos directivos".
El disgusto de Fetrametal, la CTV y Fetrabolí­var, fue palpable. Ni un solo representante de ellos asistió a la toma de posesión el 10 de diciembre como hasta entonces había sido habitual y obligatorio tratándose de un proceso honesto y democrático. Comenzaba la guerra que tenia corno objetivo estrangular al naciente movimiento. Es lo que cuenta Andrés Velásquez en el libro biográfico que le escribió Farruco en forma de entrevista, publicado el año pasado por Ediciones Agua Mansa y bautizado recientemen­te en la Galería Bicentenaria.
Se hilaron las provocaciones dentro de un siniestro juego montado por Fetrametal en convivencia con quienes desde entonces han manejado la Planta Siderúrgica y a pesar de que nunca se cayó en tales provocaciones se conjugaron los intereses de los partidos despla­zados y quienes controlan Fetrametal desde "tiempo inmemorial" lograron lo que preten­dían, arrebatarles la discusión y decisión del Contrato colectivo de trabajo y firmarlo, no a la medida de las aspiraciones de los trabajadores sino a la medida de los intereses de la empresa. Un contrato al fin que no reflejaba los plantea­mientos fundamentales, entre ellos, la reducción a 40 horas de la semana de trabajo.       ,
Tras la firma del contrato, amparada por un Referendum al final amañado pues solo votaron 92 de los 17 mil obreros de la planta, vino la intervención de la Directiva del Sindicato en noviembre del 81. todavía continúa intervenido porque siempre han temido que unas nuevas elecciones libérrimas, por supuesto, ponga el sindicato en manos de los matanceros.
Cuenta Velásquez en el libro de Farruco que Ildefonso Díaz, miembro del Directorio de la Siderúrgica, encabezaba la Junta Interventora del Sindicato. Así estaban las cosas. "Entonces el movimiento esperaba que nosotros lanzase­mos un conflicto. Pero era diciembre, sabíamos lo que había por delante, y conocimos que se queda aprovechar la oportunidad para quebrar­le la cabeza o el espinazo a ese movimiento tan interesante. Y los obreros siempre nos habían dicho: "Compañeros, nada de huelga". Los representantes del GAR, de la Liga, del CLP y un mirista quinta columna, aspiraban a que -fuése- mos a un conflicto. No quisimos. Si había un precio que pagar lo pagaríamos nosotros, no quisimos arriesgar el movimiento. Así fueron las cosas. Hubo por un tiempo dos juntas, la interventora y la de nosotros, la impuesta por las mafias sindicales y la electa legítimamente por los trabajadores. Un día el presidente de Sidor, Guillermo Briceño, clausuró con soldadura la entrada al Sindicato, nos secuestraron lo que teníamos adentro. Al poco tiempo nos llamó a trabajar. Algún directivo no quiso ir, pero nosotros pensamos que el hecho de ir a trabajar no menoscaba nuestra condición de dirigente. Una vez más tomamos aquello que venía como un castigo y lo convertíamos en un factor de utilidad, de manera tal que con el trabajo podíamos tener una relación más directa con el movimiento...y la gente encantada, porque yo salía de mi trabajo y diariamente se organizaba un acto en el Portón y hablábamos Tello y yo. Salíamos a las tres de la tarde de nuestro turno de trabajo y nos quedábamos en el Portón atendiendo los reclamos sindicales. Seguíamos funcionando como sindicato sin sede, allí en el Portón de la Siderúrgica. Y bueno, ya esta gente viendo que tampoco por esa vía podía con nosotros, tomaron finalmente la decisión de despedirnos de manera ilegal, que es el litigio que presentarnos ante la Corte Suprema de Justicia".
Por detrás de ese movimiento matancero estuvo siempre presente la figura de Alfredo Maneiro de quien nunca Andrés Velásquez aprendió lo suficiente porque creía que sería longevo para terminar de aprender todo lo que le falta. Alfredo fue el mentor, el artífice, el pensamiento activo, cautivador y distinto, quien lo fue modelando a su imagen y semejanza. Hechura de Alfredo Maneiro puede decir Andrés Velásquez que es. Alfredo, un ex-comandante guerrillero que bajó de la montaña convencido de su error y que luego abandonó las filas del PCV, que estuvo como tantos otros acariciando el proyecto original del MAS para terminar fundando lo que fue inicialmente "Venezuela 83" y luego Causa-R, era filósofo y profesor en la Escuela de Periodismo de la UCV, un hombre extraordinariamente sencillo, tolerante, de gran calidad y calidez humanas, dotado de una magia especial para ganarse a la gente, excelente expositor, recio y duro en la polémica, prepara­do- para sortear los más difíciles momentos. Alfredo Maneiro sentía ainor muy especial por Guayana y sostenia siempre que "la primera tarea de la clase obrera venezolana era comen­zar reconociendo a la clase obrera de Guayana corno vanguardia y, de Guayana especialmente, a los trabajadores siderúrgicos".
No pudo Alfredo ver su obra concluida, sino apenas comenzando, dando los primeros pasos, porque murió a poco tiempo de las elecciones del 83. Su muerte resultó un duro golpe para la organización y Jorge Olavarría que debía ser el candidato presidencial, renunció a menos de un mes antes de que se venciera el plazo para presentar a los candidatos ante el Consejo Supremo Electoral. De suerte que la Causa-R decidió elegir en medio de la emergencia un candidato propio y designó a Andrés Velásquez, un trabajador de 30 años de edad, el candidato más joven de toda la historia, sin experiencia en esas lides, sin ninguna posibilidad, pero que demostró ser en el trayecto de la campaña un digno representante de los obreros. Recorrió a Venezuela en autobús y si alguna vez viajó en avión fue porque el General Alvarez Seria le regaló los pasajes. Recuerda él que luego de un programa televisivo, sus entrevistadores Sofía y Carlos Rangel lo vieron empujando el destarta­lado Volskwagen que le habían prestado y ella, Sofía, le gritó desde su Mercedes Benz: "Empu­je candidato" y el candidato no sólo empujó y pujó sino que asustó. Por lo menos en Ciudad Guayana asustó a todos los partidos, incluyendo a AD, quien todavía no ha podido responder inteligentemente a esa interrogante que es la Causa-R.



miércoles, 18 de octubre de 2017

Las Dobles Costas del Orinoco (Clic para leer reportaje)



ARUCAS SUS  PRIMEROS HABITANTES
Descendientes de los Tupi, vinieron del Sur de la América Meridional hace 17 mil años cuando el Orinoco había terminado su declinación desde el abra de los canales Unare-Tuy-Naricual y quedado recostado sobre la roca cristalina del Escudo Guayanés.

Américo Fernández



(Reportaje publicado  e n la edición aniversaria del Diario "La Costa" el 5 de marzo de 2012=

        Ayer cuando subía por la única calle de piedra que conduce hasta la plaza mayor, me detuve a conversar con Cruz María Rivero que protegido por una ancha sombrilla multicolor, ofrecía jugo de naranja a los transeúntes. 
Siempre me llamó la atención este personaje, no por la forma como se gana la vida, sino por sus rasgos fisonómicos un tanto emparentados con etnias peruanas o paraguayas,  Sin embargo, él me aclaró que es criollito de Ciudad Bolívar, pero que su madre era una india guaraúna nacida en las costas del Delta del Orinoco.
        Esta apreciación, accidentalmente curiosa, me llevó inmediatamente al historiador Lino Duarte Level, quien sostiene que  los Arucas, primeros habitantes de las costas del Orinoco y otros ríos, eran descendientes de los Tupi.

La etnia Tupi
Los Tupi es uno de los principales grupos étnicos de los indígenas brasileños, junto a los guaraníes, con los que están relacionados. Originariamente, habitaron la selva amazónica, y posteriormente se expandieron hacia el sur y gradualmente ocuparon la costa atlántica. Los descendientes de estas tribus viven hoy en día confinados en reservas indígenas o han asimilado en algún grado la cultura de la sociedad dominante.
La etnia tupí habitaba casi toda la costa de Brasil y la selva amazónica cuando llegaron los portugueses. A pesar de que eran un único grupo étnico con una lengua común, los tupís estaban divididos en varias tribus enfrentadas constantemente en guerras unas contra otras.
Los guaraníes son una nación diferente, habitantes del sur de Brasil, Uruguay, Paraguay  y el norte de Argentina que hablan la lengua guaraní. Éste es otro idioma que se considera parte del mismo grupo que el tupí.

 Arucas y Caribes
Lino Duarte Level, historiador nacido en Angostura el siglo diecinueve, sostiene que los Arucas, descendientes de la raza de los tupíes, indígenas del Sur de la América Meridional, fueron los primeros pobladores de Guayana y también los inventores de la hamaca, los propagadores del cultivo del tabaco y del maíz. Se dedicaron a la cerámica y canjeaban sus productos con otras tribus. 
Después de los Arucas vino del mismo sur la raza Caribe que invadió las Antillas desde Venezuela y no al contrario como algunos investigadores afirman. Los Caribes que en un comienzo fueron sometidos por los Arucas, se sublevaron y al final se reafirmaron como raza más fuerte.
Los tupíes, los arucas y los caribe, pertenecen a un mismo grupo lingüístico, aunque con variedad somatológica debida a las circunstancias de estar ampliamente diseminados.

El Orinoco pre-cretácico
Cuando los arucas llegaron a Guayana, ya el Orinoco hacía 17 mil años que se había situado donde geográficamente se halla actualmente.  Porque el Orinoco no era el mismo de la trayectoria y cauce de hoy. Es decir, en el período pre-cretácico, hasta 3.500 millones de años atrás no se sabía cómo corría el Orinoco sobre la tierra positiva formada por el Escudo guayanés-brasilero que era lo único que existía de la América del Sur.
Los geólogos J. N. Perfetti y José Herrero Noguerol, propusieron en el VI Congreso Geológico Venezolano la idea especulativa de que el Orinoco entonces ha podido ser el mismo Río Guaviare con salida Sur-Norte hacia el borde del Escudo al que después se agregó el Río Meta que en copiosa correntía bajaba de la formación cordillera cuando ésta emergía en pleno período terciario y el mar se retiraba a medida que la sedimentación iba tomando cuerpo.
Podría decirse entonces que el Orinoco del período terciario –dos millones de años- divagaba desde su punto de confluencia con el Meta por y a lo largo de la depresión del actual Río Unare, hasta desembocar en el Mar de las Antillas por las abras de los canales Unare-Tuy-Naricual.
Pues bien, en época más reciente –un millón de años- y a causa de una serie de fenómenos estructurales y geomorfológicos, el Orinoco comenzaría a declinar, como el minutero de un reloj, desde la desembocadura del Unare hasta lo que es hoy el Delta. En esa etapa de todo un proceso tormentoso, el Río Padre entró en reposo al encontrar su cauce actual, recostado sobre las rocas cristalinas del Escudo guayanés. Esto hace suponer, que el Orinoco moderno, el de la línea sinuosa descendente que va de Caicara hasta el Delta, debe tener entre 10 y 17 mil años aproximadamente, la misma edad que se dice tiene la aparición de los primeros habitantes de Guayana.

Colón primero en observar costas del Orinoco
El Almirante Cristóbal Colón fue el primero en observar y contemplar las costas del estuario del Orinoco.  Ocurrió el 2 de agosto de 1498 en el tercero de un total de cuatro viajes realizados para descubrir el nuevo mundo.
Luego de larga y penosa travesía iniciada el 30 de mayo desde la villa de San Lúcar, el marino Alonso Pérez se subió a la gavia el mares 31 de julio y anunció que desde la cofia del mastelero veía tierra (era la Isla de Trinidad), lo cual provocó una explosión de alegría y por consiguiente de “Salve Regina” rezada por toda la tripulación.
El Almirante enrumbó sus tres naves en esa dirección a donde, según dice en carta enviada a los Reyes Católicos “Llegué a hora de completas a un cabo a que dije de la Galea después de haber nombrado a la isla de la Trinidad, y allí hubiera muy buen puesto si fuera hondo. Allí tomé una pipa de agua, y con ella anduve ansi hasta llegar al cabo,  y allí hallé abrigo de Levante y buen fondo y así mandé seguir y adobar la vasija y tomar agua y leña y descender la gente a descansar de tanto tiempo que andaba penando”.
Colón navegó toda la desembocadura del Orinoco, desde Boca de Serpiente hasta la Boca del Dragón, inmerso en el inusitado asombro que le producía el ruido espantoso de las aguas, de la pelea incesante entre el agua dulce y la salada, de las hileras encrespadas de las corrientes y de un río inconmensurable que parecía venir del infinito.
Aquel espacio como un lago entre las costas orientales del Delta y las costas occidentales de Trinidad, lo navegó cautelosamente, excitado y abrumado por las reflexiones místicas que le suscitaba el inefable paisaje natural. Quería tal vez que las ninfas de las aguas o las driadas de los manglares le aclararan sus auscultaciones: “grandes indicios son estos del Paraíso terrenal –escribía- porque sitio es conforme a la opinión de santos teólogos, y así mismo las señales son muy conformes que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así e vecina con la salada; y de ello ayuda la suavísima temperancia, y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río grande y tan fondo”.     El misterioso Almirante, con sus reacciones sensoperceptivas se aproximaba inconscientemente a la verdad mitológica de los aborígenes que crían aquellos de verdad como el Paraíso. Un Paraíso donde aún no anidaba el infierno de la Manigua que atrae y devora a los afiebrados buscadores de oro.
Después del Almirante Cristóbal Colón en 1499, pasaron frene al litoral guayanés el castellano Alonso de Ojeda y el florentino Américo Vespucio, al año siguiente y en 1500 el andaluz Vicente Yánez Pinsón que lo bautizó como “Río Dulce”..

Primeros exploradores de las costas
Vistas la primera vez las costas de la desembocadura del Orinoco por estos expedicionarios hispanos que seguían la ruta de Colón, comenzaron las exploraciones,  dieciséis años después con el piloto Juan Bono de Quejo, quien llegó hasta el hoy pueblo de Barrancas en busca de indios para venderlos como esclavo a los buscadores de perlas de Nueva Cádiz.  Él se hallaba en el Nuevo Mundo desde la conquista de México por Hernán Cortés y cuando decidió penetrar  la desembocadura del Orinoco, era titular de repartimientos en Cuba y Puerto Rico
        Siguiendo la estela de sus barcos vino después, ya en 1532, Diego de Ordaz, también compañero de Hernán Cortés, pero mejor afianzado y preparado para la exploración.  No venía con la intención de esclavizar Arucas del estuario orinoquense, sino de encontrar el Paraíso Terrenal presentido de Colón donde suponía como en todo paraíso, la existencia de ónice y oro.
Si así lo decía y dejaba en su diario de abordo registrado el Almirante Cristóbal Colón, que piezas de oro colgaban del pescuezo de los primitivos habitantes de aquellas tierras continentales,  y lo mismo que el oro las perlas relumbrando en sus brazos, entonces de verdad que podía ser el Paraíso Terrenal y fue este decir lo que deslumbró a Diego de Ordaz cuando hallándose junto con Hernán Cortés conquistando la tierra de los aztecas, renunció a todo cuanto había obtenido para navegar hacia el Sur en busca de las fuentes prístinas del gran río de las confluencias a pesar de los temores que le infundían, pero ¿si él había coronado el fuego volcánico del  Popocatepetl, cómo no acometer esa empresa donde sólo había que luchar contra las masas de  aguas empujando hacia el mar y los gnomos que guardan sus riquezas?
Con el bauprés de sus barcas rompió la virginidad del río, pero a costa de mucha sangre indígena y de su propia tripulación que al final quedó diezmada por las flechas de las cuales pudo escapar gracias a que según su creencia estaba protegido por el cordón de la Orden de Santiago.  Pero si no se lo tragó el cráter encendido del Popocatepetl ni los pailones del Orinoco, terminó irremisiblemente lanzado en el océano después de morir repentinamente ¿envenenado? cuando junto con su contrincante Pedro Ortiz de Matienzo, Justicia Mayor de Cubagua, se dirigía a España a terminar de dirimir sus diferencias, pues éste lo acusaba de incursionar en esos predios de su jurisdicción que no pudo resolver la Audiencia de Santo Domingo.
Exactamente,  la capitulación de conquista sólo facultaba a Diego de Ordaz para explorar y poblar desde el Marañón (Amazonas) hasta Macarapana (Estado Sucre) en tierra continental, por lo tanto no podía abarcar Nueva Cádiz (Cubagua) donde abundaban las perlas que Colón había visto deslumbrar en los brazos de los mancebos primitivos del supuesto Paraíso Terrenal.
Diego de Ordaz sepultado en el mar tenebroso no pudo volver a España para reencontrarse con Castroverde de Campos (Zamora) donde nació hacia 1480. Él que había acompañó a Alonso de Ojeda en su viaje a Cartagena de Indias (1509), que estuvo también con Juan de la Cosa, a quien vio morir atravesado por una flecha envenenada, en fin con Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba (1515) y con Hernán Cortés en México, terminaba su vida de manera tan trágica.
Provisto de la capitulación con la cual soñaba entrar al Paraíso Terrenal de Colón, había salido de Sanlúcar el 20 de octubre de 1530, pero ya vemos cuál fue su suerte. De esta temeraria expedición sólo le quedó el mérito histórico de haber sido el fundador de San Miguel de Paria (1531) y de ser el primer europeo en remontar el río Orinoco (23 de junio), llegando hasta la confluencia con el río Meta.
Lo sustituyó en su afán, Alonso de Herrera, quien si bien es cierto remontó el río más allá del punto anterior, no pudo, sin embargo,  retornar porque a este si es verdad que se lo tragaron los pailones después de haber sido traspasado por siete flechas ungidas con curare.
La tercera expedición a lo largo del río la hizo el segoviano Antonio de Berrío,  al revés, es decir, no desde el Delta sino desde el Meta, pero en vez de encontrar ónice y oro como pretendía el Comendador de la orden de Santiago, encontró mala fortuna pues lo perdió todo, 100 mil pesos en oro que su noble mujer María de Oruña había heredado de su tío Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador del Reino de Granada; pero por lo menos le dejó a las tribus de Morequiito una ciudad que todavía perdura a la orilla del río, aunque no con el primigenio nombre de Santo Tomás, apóstol de su devoción, sino con el del otro, el apóstol de la libertad.

Amalivac creador del Orinoco
Detrás de Antonio de Berrío vinieron los misioneros a catequizar a los primitivos pobladores de las costas del Orinoco, entre ellos, el jesuita italiano Felipe Gilij, quien narra en sus memorias el mito de Amalivac dentro de la singular cosmogonía de aquellos habitantes –los Tamanacos- de filiación Caribe
        Colón especulando a la luz de su misticismo cristiano había  confundido con el Paraíso terrenal lo que vislumbraba más allá de las costas del estuario orinoquense  y no estaba muy distante de la verdad aborigen que creía vivir en un paisaje edénico creado por su héroe cultural Amalivac, creador, por lo tanto, del Orinoco después del Diluvio al que sólo sobrevivió una pareja aborigen  que después que descendieron las aguas, sembró el Moriche o Árbol de la vida.
Amalivac, dios enigmático, de contextura atlética suavizada por frondosa barba y cabellera blanca, casi del mismo color de su túnica, les dijo ser su padre y haberlos salvado para asegurar la permanencia de la vida humana sobre la tierra. Por ese motivo los invitó a crecer y multiplicarse y cuando se despidió de ellos las aguas comenzaron a descender.
Después de un tiempo largo, Amalivac regresó en compañía de su hermano Vocci y dos hijas, con el propósito de perfeccionar la vida en la tierra. Fue cuando concibió la idea de crear al Orinoco para que la floreciente nación pudiera comunicarse con toda la Geografía.
Cuando llegó ese día, los hermanos se consultaron largamente, pues aspiraban los Tamanacos que fuese creado el Orinoco de tal manera que se pudiera remar sin esfuerzo tanto a favor de la corriente aguas abajo como aguas arriba, a fin de que los remeros no se cansaran en el curso de la navegación; pero, no fue posible, Amalivac quería poner a prueba el ingenio de los Tamanacos y todo no se les podía servir en bandeja de plata. Entonces, dice la leyenda, habría sido cuando comenzó a materializarse la navegación a vela aprovechando el recurso del viento.
        Se prolongaba el tiempo de permanencia y las hijas de Amalivac deseosas de regresar, fastidiaron hasta más no poder al padre hasta que éste las sentenció a quedarse allí para siempre con las piernas inutilizadas para que no pudieran abandonar nunca el lugar, pero sin afectar su fertilidad o capacidad de procreación pues quería Amalivac que ellas contribuyesen a la multiplicación de la raza tamanaca y como depositarias que eran de la sabiduría de su padre, la transmitieran a sus hijos en procura de la felicidad.
        Amalivac vivió entre los Tamanacos largo tiempo en el sitio denominado Maitata, justamente en la gruta existente en lo alto de un cerro llamado Amalivacá Yeutitpe. Su tambor “Amalivacá Chamburai”, era una piedra en el camino de Maitata.
        Un día Amalivacá o Amalivac decidió regresar al otro lado del mar de donde había venido y ya listo en su canoa para el largo viaje, quiso obsequiarle a su pueblo vida eterna con estas solemnes palabras: “Uopicachetpe mapicatechi”, que para los tamanacos significaba que tendrían una vida eterna, tan sólo modificada por el cambio de la piel, tal como ocurre a los grillos y a las sierpes. Más, cuando una anciana de gran influencia sobre su estirpe, escuchó la sentencia sagrada, incrédula se burló del dios y éste indignado rectificó diciendo “pues entonces habrán de morir” (mattageptechi).
        Desde aquel momento, los Tamanacos atribuían la culpabilidad de su finitud a la abuela incrédula que pretendió burlarse de Amalivacá. Amalivacá zarpó en la canoa y dejó sembrada en su nación preferida el presentimiento de que volvería. Pero no volvió y cuando el misionero Felipe Salvador Gilij, a mediados del siglo XVIII, visitó las costas de Caicara del Orinoco (Municipio Cedeño) sólo quedaban 125 individuos de una población más numerosa que se deduce fue diezmada por las epidemias y las guerras.
        Carapaica, su cacique o gobernante, dijo al misionero cuando le propuso trasladarlos a la Misión de la Encaramada, cerca de la Urbana: “Todos somos hijos de uno y aunque tenemos colores diversos, descendemos de un solo hombre. El sol abrasador, las fatigas y la penosa vida nos han disminuido. Somos ya humo blanco, blanco, como el vestido de Amalivacá”.
Amalivac se fue y no volvió en persona sino a través de sus dos hijas que se multiplicaron en interminables generaciones que fueron poblando las costas del Orinoco desde su propio Delta hasta más allá  del Atabapo. 

Surgimiento de los pueblos costeros
Así fueron surgiendo los actuales Puertos de Pedernales,  a la entrada del muy transitado cabo de su nombre; Tucupita, capital del estado Delta Amacuro, se inició con tres viviendas y hoy tiene 50 mil habitantes; San Rafael de Barrancas, la población más antigua de Venezuela;  Ciudad Guayana, integrada por San Félix y Puerto Ordaz, asiento de la industria minera y energética y la más poblada de Guayana; Ciudad Bolívar, capital del Estado y la más vinculada al Orinoco desde el punto de vista histórico; Nuestra Señora de la Soledad, conforma con Ciudad Bolívar la Angostura del Orinoco;  Moitaco (Real Corona),  Mapire, en jurisdicción de Anzoátegui;  Las Bonitas (Ciudad Real),  Parmana, refugio de negros rebeldes; Caicara del Orinoco,  a 18.5 kilómetros frente a  Nuestra Señora del Socorro de Cabruta; prácticamente el ombligo de Venezuela;  La Urbana, el pueblo más antiguo del Estado Bolívar (1731);  Puerto Páez, en la confluencia del Meta y  Orinoco; Puerto Ayacucho, Capital del Estado Amazonas; y San Francisco de Atabapo que fue capital del Territorio Amazonas hasta 1928,. Justamente donde el Orinoco confluye con los ríos Atabapo y el Guaviare y, por último, aunque fue el primero, el pueblo Warauno donde nació la indígena madre del vendedor de jugos en una de la subida  de piedra que comunica con la Plaza Mayor de Ciudad Bolívar.
         









domingo, 15 de octubre de 2017

CARLOS TOMEDES Músico y cantor de Guayana



-Américo Fernández-

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Carlos Tomedes vivió más de 80 años y se adelantó a prolongar su existencia con seis hijos legítimos y cuatro naturales reconocidos, aunque las ma­las lenguas aseveran que son más los frutos de sus andan­zas y se fundan para lo dicho en lo bien parecido y corte­jador que fue el viejo durante su más agitado tiempo de incansable cantor de coplas como Florentino, por el Llano y por el Río, sólo con su voz arreando bece­rros por la sabana o en el timón de algún barco orino­queño y más de las veces contrapunteando en el jolgorio de un amigo o en la fiesta de un orondo ricachón.
Su vena de trovador le venía a Carlos Tomedes por el cos­tado de la música. Su padre Miguel Denti, el mismo pa­dre del cuatrista Nicanor Santamaría, era oriundo de Italia y un auténtico profesional de la música, Director de aquella otrora famosa Banda Pública de Ciudad Bolívar cuyos componentes vestían de gala con uniformes importados de Florencia
Si Tomedes hubiera tenido Escuela habría sido todo un artista popular en vez de  pulpero en uno de los barrios más pobres y estrechos de la capital, un clásico compositor o poeta de profundidad como lo fue­ron sus antecesores por la línea de su Padre.
Cuando lo entrevistamos en abril de 1973, Car­los Tomedes tenía poco me­nos de la mitad de la edad de Ciudad Bolívar, y sin embargo, lo veíamos en su bodega del Barrio "El Cam­bao" con una agilidad física y mental que desearían te­ner muchos jóvenes de hoy marcados por los cambios de una civilización viciada por las drogas, la publicidad alienante y la liberación sin término ni medida.
Por referencia y por ob­servación personal conocía­mos de antemano al viejo Tomedes y se nos ocurrió pocos días antes de la Sema­na Santa, hablar con él mien­tras despachaba detrás de su mostrador.
Las preguntas y respues­tas transcurrieron así, en forma cordial y pintoresca, casi siempre versando  sus respuestas:
—¿Quién, amigo Tomedes,  es el culpable de que sea usted músico y cantor? fue nuestra primera pregunta de una entrevista para la revista “Paralelo 8”  de Puerto Ordaz.
—De ser músico y cantor no se me culpe de nada por­que eso viene de una heren­cia de familia y se ha quedado en nuestros cuerpos con sangre de ellos grabada. El ser poeta no se pega como se pega la sarna y' el que se muera de envi­dia puede probarlo, pues la ciencia de los Cupidos y de los Minervas no se ha terminando de entender que los Tomedes pertenecen a esa rama, que todos somos de sangre noble y en buen pozo derramada porque don José María Cupido de mi abuelita era hermano y la ciencia de los Minerva todos la hemos heredado y por eso somos, sin más remedio poetas re­conocidos y cantores reco­mendados.
—Pero he sabido que antes que Poeta era usted navegan­te?
—Ay, hermano, cada vez que veo un barco no sabe cuánto me aguanto para no reventar el llanto que cuando fui marino yo navegué tanto y tanto que mientras más rugían las olas más se animaba mi canto y ahora que he llegado a viejo, que ya navegar no puedo, me he convertido en poeta y tam­bién, ya lo vez, en este tra­jín de pulpero.
—Se siente, de veras, vie­jo don Tomedes?
—Estoy viejo, pero siem­pre como el torero con mi par de banderillas que han causado maravillas y aplau­sos en el mundo entero, yo soy el poeta llanero que na­ció en Ciudad Bolívar.
—Dicen en su barrio que es usted un guardián inso­portable de sus hijos?
—Mis hijos ya  tienen vida propia y es verdad que cuan­do eran pollos y tenían las alas tiernas andaba yo siem­pre cubriéndole las espaldas previendo que en este mundo
de ahora pudieran meterle un gallo con la espuela envene­nada y que a estos muchachos sin malicia me los mataran en la raya.
—También se ha dicho en su barrio de lo cortejador que era usted en sus tiem­pos mozos?
—Ah, caray, cuando veía una muchacha bonita, en las puertas de los ojos me baila­bá' las paraparas. Ahora que soy viejo sólo advierto con un consejo que ya es tiempo de que me manden las mu­chachas a mi cama buscando que les haga músicos y poetas predispuestos a la fama por­que estas artes no se pegan así nomás como se pegan las sarnas. Eso es asunto de herencia y valga la expresión para recordar que soy hijo de un italiano director de banda, en una venezolana. Mis bisabuelos eran poetas y yo desciendo de esa cepa y ade­más soy nacido en Guayana.
—Cree usted,que todo tiempo pasado fue me­jor?
—Ay, mijo, tiempos que se van no vuelven y si vuelven no los quiero porque jamás podrán ser como los tiempos primeros y al decirlo, es la verdad, entonces si había dinero, había la morocota y la media morocota que so­naba tan bonita cuando caía en el suelo. La moneda de hoy en cambio es un puro papeleo que no aguanta un aguacero. Cómo gozaban los
hombres de aquellos tiempos primeros. Por cualquier mo­tivo celebraban una fiesta, mataban un becerro y venían las damas con trajes de se­da que arrastraban por el suelo porque era delicadísi­mo a muchachas de aquel tiempo dejarse ver el pellejo y los hombres bailaban de aquí me voy y me vengo y a la media noche gritaban: "arpa que nos brinda el pue­blo!".
Cómo se bailaba antes?
—Le digo con franqueza, señor, que si la gente de aquellos tiempos resucitara seguro que volvería a morir enseguida viendo al mundo como está moderno pero in­moral. Antes para bailar era a punta de pañuelo, a no dejarse tocar. Hoy es todo lo contrario, no sólo se agarran las manos sino que bailan cachete y cachete.
—En esta época entonces su mujer y usted no bailan?
—Yo sí pero mi mujer no baila. Pueda que lo llamen celos, pero quien quiera bai­lar abrazado que se vaya a estrechar un jobo. Pueda que bailen mis hijos porque han entrado en la moda, pero nunca mi señora, está pro­hibido, ella no baila. Porque entonces podrían decir para qué valen mis canas viendo que es un solo pelo el que ha tenido tal gala y si me lo dejo arrancar así bien que me mata el frio durmiendo solo en mi cama. Nosotros los casados tenemos que vivir con los ojos bien pelados sin que esto quiera decir que no haya regla sin excepción, que si hay mujeres enamoradas, como no, que frente a frente cara a cara, que defienden con espada su dignidad y ho­nor. Pero esas que escapan a la excepción hay que dar de vez en cuando su cue­razo para que asienten los pasos y para que piensen mejor.  Mi consejo es que hoy el hombre que se case tenga primero un mecate para an­dar con la señora de noche y a toda hora amarrada al cinturón porque hay miles de gatos con hambre viendo dónde está el ratón.. En el juego del amor por azar po­dré, pero nunca por descui­dado, porque siempre tranco con candado al salir de mi portón, cosa de hallar des­nucado al que brinque el pa­redón.
—¿Qué opina usted de los partidos?
—Yo le voy a preguntar a quien pueda contestarme: Pa­ra qué tantos Partidos cuan­do hay un solo conocido que es el de un Dios soberano que por él somos cristianos desde el día en que nacimos.
—Cree usted en Dios como un ente perfecto?
—Dios con ser Dios tuvo un error. Usted no lo sabe porque eso fue cuando el Di­luvio. El mandó a construir el Arca para salvar a Noe y su familia, pero de todas maneras era la misma se­milla de una humanidad im­perfecta y así tenemos como en el cuento del Burro que sufrir la misma lidia siem­pre el animal tumbando la carga y corcoveando con la silla.
—Por lo que veo es usted un hombre de paz?
—Yo siempre fui, he sido y moriré siendo hombre de paz. Rechazo el odio y la intriga porque me aleja de Dios y obscurece el porve­nir.
Y para terminar que nos dice de Guayana su tierra?
—Nuestras glorias son sin fin en esta tierra apreciada. Ante todas las naciones tene­mos grandes ventajas, bien de frente o de perfil, ninguna otra se la iguala ni en ri­queza ni en belleza ni en vir­tudes aclaradas.